Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

MANUEL Villegas

El odio y la barbarie no tienen limites

He visto la carta ilustrada que publicó este diario sobre la agresión al busto de Antonio Gómez Aguilar, firmada por José Javier Rodríguez Alcaide. No entiendo cómo algunas madres pueden engendrar hijos tan mezquinos, rencorosos y llenos de odio. Realmente no comprendo cómo puede haber seres tan repletos de sórdida ruindad.

Seguro que le vileza la ha llevado a cabo como los cobardes, oculto en las tinieblas de la noche, demostrando así su falta de hombría.

A esta deleznable persona le aconsejo que, si tiene deseos de pintarrajear caras, puede entretenerse con las de sus progenitores si es que los conoce.

Acciones como éstas nos recuerdan a las revanchas llevadas a cabo en la infausta guerra fratricida, en las que simplemente se hacían desaparecer personas por el mero hecho de ser católicos.

¿Qué habrá pretendido este malnacido con acción tan mezquina? ¿A quien habrá querido ofender, a la persona representada en el busto? Ese santo sacerdote, porque lo era, ya está por encima del bien y del mal y gozando del favor supremo que Dios concede a los que ama.

¿Acaso a los católicos? A estos no los ofende quien quiere, sino quien puede, y la talla moral de este despreciable ser no da la categoría suficiente para que nos sintamos ofendidos.

Este eximio sacerdote pasó por la tierra haciendo el bien. Buenas muestras de ello fueron sus labores pastorales, las residencias de ancianos, los colegios, y tanta bondad como la que derramó allá por donde paso.

Siempre prometía solucionar los problemas que le presentasen aunque fueran superiores a sus fuerzas.

Cuando era párroco de la iglesia de S. José y Espíritu Santo en el Campo de la Verdad, derrochaba el bien a manos llenas, nadie salía de su presencia defraudado, sin su ayuda o sin una palabra de consuelo que mitigase la pesadumbre que lo había llevado ante él. En este barrio supo atraerse con su magnetismo especial de bondad a la mayoría de los niños y jóvenes del mismo, a los que unió con un cemento de amor, caridad, deseo de hacer el bien, logrando con ello formar hombre íntegros, limpios y puros de corazón que hoy, a la edad provecta, siguen unidos con un cariño de hermanos que considero que nadie es capaz de romper.

Era Praelatus in corde Papalis, o sea, obispo en el corazón del Papa, pero era tanta su humildad, que no permitía que se le llamase monseñor, aunque ese fuese el título que le correspondía.

Siendo párroco de la iglesia de la Trinidad y Todos los Santos, continuó llevando a cabo lo que su corazón de hombre bueno le pedía: hacer todo el bien que pudiera.

Los que tuvimos la inmensa suerte de conocerlo y convivir con él, jamás olvidaremos su bonhomía, su alegre sonrisa y el amor hacia los demás que derramaba a su alrededor. El ejemplo de amor, desprendimiento, humildad, bien hacer y entrega a sus semejantes debería de servir para que los que pueden promover estas causas incoasen un proceso de beatificación, ya que tiene méritos más que sobrados para ello.

*Dr. en Filosofía y Letras (G e H)

Tracking Pixel Contents