En plena canícula estival, cuando media población está aún de veraneo y la otra media trabajaba o buscaba trabajo, el exalcalde de nuestra ciudad acusaba al equipo de gobierno de nuestro Ayuntamiento de "estar instalado en el adanismo más sectario" y de querer acabar "con la labor desarrollada los últimos cuatro años", manifestaba el Sr. Nieto a través de su cuenta de Facebook.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, adanismo es el "hábito de comenzar una actividad como si nadie la hubiera ejercido anteriormente". Y también es una doctrina herética surgida en el siglo II --y que aún pervive-- que se desarrolló en el norte de Africa y que pretendía, mediante la práctica del nudismo, retornar a la inocencia del Edén descrita en el Génesis.

No creo que el exalcalde se refiera a estas dos acepciones del DRAE. Posiblemente se refiera a la definición que de tal vocablo hace la DEA: "Tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente o de lo hecho antes por otros", y que viene a definirse como "adanismo político".

Lo que hoy a nadie se le escapa es que desde la política y el poder, los gobernantes quieren la eternidad para sus nombres y lo imperecedero de sus obras. Padecen el llamado "síndrome de Adán", por el que, queriendo inmortalizarse, manosean los símbolos considerados sacros por quienes los adulan o los temen. Sobre esos intangibles, ellos reescriben, como en un palimpsesto, su particular visión de la historia. Creen que han dejado su impronta para toda la eternidad. Sintiéndose "fundadores de un tiempo nuevo", piensan que una consecuencia lógica es la promoción de nuevos mitos, nuevas liturgias y nuevos símbolos que den a las generaciones del futuro la noción de un antes y un después de ellos. Los que promueven tales cosas, crean una ficción dual en la cual, en un segmento de la realidad, están los que piensan y sienten como ellos. Son los buenos. En el otro, colocan al resto del mundo, a quienes terminan satanizando y calificándolos como "enemigos de la democracia", como "defensores de los privilegios del pasado", como "tradicionalistas y retrógrados" y como "adoradores de las cosas arcaicas y en desuso". Y por eso, se apoyan normalmente en la popularidad y en el populismo, dos fenómenos y dos conceptos que poco tienen que ver con la democracia, y mucho menos con la opinión pública.

Por tanto, sentenciamos que el "adanismo" es una enfermedad común, que también padecen los expresidentes, exministros, exdiputados, exsenadores, expresidentes de comunidades autónomas, exconcejales y, por supuesto, exalcaldes, que se pasean por el territorio patrio sin entender que el morbo del poder es algo transitorio que se diluye rápidamente con el paso de unos pocos días en los que tienen que aprender que si en algún momento llegaron a ser objeto de veneración por parte de unos pocos, antes deberán pasar decenas de años que sean lo suficientes como para que nadie se acuerde de su condición de seres de carne y hueso, con más defectos que virtudes.

Por otro lado, cuando vemos que se critica a los nuevos políticos tildándolos de "adanistas", no podemos más que revolvernos, porque siendo cierto en algunos aspectos, también es cierto que a lo largo de los últimos años, algunos que ahora critican, se han presentado en cada elección como si fuera un acto de refundación de la ciudad. Por ello, presentaban la victoria del contrario como un desastre que podría recuperarse más tarde con la victoria de los "nuestros".

Tengo para mí que no hay nada más peligroso que el afán de protagonismo, y el de algunos es desmesurado.

* Presidente de CECO.