Llevo creyendo desde hace años, cual firme devota, que la próxima revolución debe ser la del hombre; atreviéndose a soltar los lastres de los roles adheridos por el pasado y evolucionando para descubrirse como un ser mucho menos encorsetado en el caduco líder de la manada. No digo que no se hayan dado pasos, pero apenas el hombre --como género y no como individuo-- ha asomado la patita. Chelsea Clinton fue la encargada de presentar en la ONU el informe State of the world´s father (El estado de los padres del mundo) en el que se destaca una vez más la necesidad de terminar, exterminar o erradicar los roles de género. La novedad al respecto es que por primera vez el informe deja a un lado el papel de la mujer en la vida familiar y se enfoca exclusivamente en el hombre. Se destaca que los hombres necesitan ayuda para implicarse y políticas que lo hagan posible. Lo de que si un hombre sabe hacer funcionar un ordenador o programar a velocidad de la luz la televisión debería de saber poner la lavadora o el lavaplatos, es un reclamo antiguo que, aunque sorprenda, sigue ocurriendo.

¿Quién, en el caso de poder hacerlo, no se escabulliría de las tareas domésticas? Puede que el tema ande por decomisar esas normas sociales que provienen desde la educación y la necesidad de transformar la paternidad social. ¿Acaso no lo creen necesario? Cierren los ojos y traten de enumerar por unos segundos las imágenes que le sobrevienen relacionadas con la palabra paternidad. Quizá se le hayan mezclado en sentimientos, deseos y la realidad que debe ser modificada hasta convertirla en una institución, con medidas sociales, económicas y políticas.

Para empezar a cambiar, algo tan obvio como facilitar la baja laboral de los hombres cuando nacen sus hijos. Desde la sociedad y los distintos estamentos deben colaborar a ampliar la imagen de la paternidad social y desarrollarla en múltiples abanicos de posibilidades donde el hombre se sienta libre a desarrollarlas sin apegos, ni creencias, ni valores. Solo de ese modo se puede conseguir una corresponsabilidad a la hora de un nacimiento, de la llegada de un bebé. Los números siguen siendo alarmantes. En el mundo desarrollado la mujer ocupa el 40% de la masa laboral, mientras que en las tareas del hogar y familiar llega a tener una actividad diez veces superior. Esa desigualdad es silenciada por las instituciones sin acometer cambios para equiparar las ternas. La ansiada liberación de la mujer no podrá completarse hasta que la paternidad sea reconocida por igual, con deberes y obligaciones, y, para ello, todos necesitamos establecer los mecanismos necesarios. Seguro que muchas dirán que no son más que palabras, pero la realidad dista mucho del sueño. ¿Habrá que seguir intentándolo?

* Periodista