Respecto a esta última noche electoral, he oído decir que Andalucía tiene un voto conservador. Está bien desvincular ese epíteto de derivaciones políticas, pues conservar sería permanecer. Y en esta Comunidad el Gobierno socialista es tan inmutable como la temática de los primeros sofistas griegos. Frente a ese otro significado de lo conservador, también es verdad que el progresismo tiene una etiqueta izquierdista, cuando el progreso en el Salvaje Oeste se asociaba con las duelas del ferrocarril y la ambivalencia de un capitalismo también salvaje que engatusaba a la nación indica con güisqui de garrafón.

Comprendo al votante conservador --ya sí, en su acepción tradicional-- desesperarse al entender que la Tierra Prometida nunca será el Palacio de San Telmo. En aquel que sea más monolítico en sus esquemas, después del retraso de siglos de esta tierra y el tócame roque corruptelar, la frustración toca direccionarla hacia el analfabetismo o clientelismo político. Ni las cosas son tan simples, ni las descalificaciones gratuitas. Las manzanas podridas no solo han aflorado en el jardín andaluz, lo cual no desactiva la vista gorda, pero desactiva la carnaza del contrincante. Además, no es todo cierto cuando se vitupera la Arcadia de los sociatas. En las últimas elecciones autonómicas, el Partido Popular fue el más votado, pero el reverso de asegurarse el especto de todo lo que encarte del centro para la derecha es pelearse con el mundo mundial y ser incapaz de coaligarse con nadie. O mi mayoría absoluta, o el caos lo cual, políticamente hablando, o es soberbia o es torpeza.

De estas elecciones se desprenden enésimas y jugosas conclusiones. En primer lugar, como en los nostálgicos tiempos de la vía del artículo 143, y la huelga del Lindakara Escuredo, Almería vuelve a ser el hecho diferencial, la Alesia pepera de los invernaderos. La rebeldía tiene capas concéntricas y así como el Gobierno de Sevilla rezuma la hegemonía nacional de don Mariano, el levante le ha salido a la señora Díaz levantisco.

También se le ha dado la bienvenida a nuevos anagramas en el Parlamento andaluz. Lo más fácil es pronosticar a posteriori, pero ya antes del 22--M uno pensaba que no sería tan fiero el final del bipartidismo. De hecho, soy escéptico en creer que a largo plazo se consolidará esta vertiente italiana.

¿Puede apelarse con esta elecciones a la máxima del pan con dos tortas? Más bien, no. Obviamente, si aceptamos pulpo como animal de compañía, también habremos de admitir que Susana Díaz no convocó estas elecciones por una marcada estrategia personal. Jugó fuerte y la jugada no le ha salido demasiado mal: quien da primero, da dos veces, y ella se coló con la camisola premamá, mientras que en Moreno Bonilla fue demasiado brusca la desaceleración para desproveerse de la gomina y las patillas. Ella ha ayudado a aguar las tremebundas expectativas de esa versión tuitera del Novecento de Bertolucci, y no le han incomodado mucho las carantoñas del cabreo, depositadas en un partido que aún no ha dilapidado en sus alforjas mucho sentido común. Y por muchos motivos personales, mal ese mutis por el foro de Rosa Díez, al estilo de madrastra de cenicienta. A falta de maquiavélicos pactos, este primavera se va a llevar en Andalucía el rojo conservador.

* Abogado