Esta semana, en especial mañana día 23, se hablará del libro, de los libros. Recuerdo los orígenes de mi biblioteca, una pequeña estantería donde colocaba mis primeros libros, que luego siguieron la consigna bíblica de crecer y multiplicarse. Comencé con novelas clásicas y el transcurso del tiempo me condujo a la Historia, en especial a la del periodo contemporáneo, si bien nunca he dejado la narrativa, donde a veces he descubierto grandes autores que suelo recomendar. Pero lo más importante es que todos se han integrado en mi vida, de modo que puedo suscribir lo que dijo Borges: "Mis libros (que no saben que yo existo)/ Son tan parte de mí como este rostro de sienes grises y de grises ojos que vanamente busco en los cristales y que recorro con la mano cóncava".

Trato de imaginar cómo sería una biblioteca solo en soporte digital, y pienso que no hablaríamos de objetos individualizados, sino de uno solo y pequeño que en su interior reuniría los cientos de libros que cualquier persona acumula a lo largo de su vida. Se perdería la posibilidad de mirar hacia una estantería donde los títulos te remiten a experiencias, a lugares, a encuentros con otros lectores. Miro a mi alrededor y veo los primeros manuales de mi época de estudiante, junto con el que me sirvió en el último año del Instituto para estudiar Historia de España; un poco más abajo están los volúmenes que tienen como autor a Manuel Tuñón de Lara, entre ellos su monumental El movimiento obrero en la historia de España , en la edición de Taurus de 1972, con el valor añadido de una dedicatoria, escrita cuando visitó la biblioteca de mi querido Manuel Ruiz Luque en 1982, y que dice: "A José Luis, con la amistad y la esperanza en sus trabajos". Un año antes había prologado el libro que, en colaboración con José Calvo, dedicamos a los sucesos de Montilla de 1873. También tengo cerca lo que ha sido mi punto de interés en los últimos años: los libros del canónigo Gallegos Rocafull, desde la edición que preparó de las Obras Completas de san Juan de la Cruz, hasta reunir casi todos los publicados durante su exilio mexicano, algunos de ellos en impresiones que estuvieron al cuidado de Emilio Prados o de Manuel Altolaguirre, y asimismo las colecciones de las revistas en las que colaboró en México (en este caso en facsímil): España peregrina , Las Españas , El Hijo Pródigo , junto con Romance , que dirigió Juan Rejano, y que adquirí porque en muchos lugares se cita a Gallegos como colaborador, hasta que tras repasar todos los números comprobé que no era así, pero no me arrepiento, dada la calidad de las colaboraciones que aparecen en dicha publicación.

Y mientras escribo, a mi espalda tengo cuanto he publicado y recopilado acerca de Niceto Alcalá-Zamora, con quien mantengo una deuda pendiente: escribir su biografía política, al menos de la etapa de la II República, una tarea para la cual ya he puesto en marcha los primeros pasos para acometerla.

Y un poco más arriba están mis novelistas preferidos, entre los españoles Juan Benet y Javier Marías; entre los europeos, el primero Marcel Proust, y luego Joseph Roth y Thomas Bernhard, y entre los latinoamericanos Carlos Fuentes, y cómo no, Gabriel García Márquez, al que resulta imposible no recordar en estos días. Ignoro cuántos artículos he leído sobre él desde el viernes, siempre homenajes tributados por lectores, críticos y amigos, todos más que merecidos, porque a través de su obra no solo descubrimos un mundo mágico sino también una nueva forma de narrar que te obliga a devorar una tras otra las páginas que escribía. Pero tomé conciencia de su relevancia cuando el día de su muerte, durante la comida, una amiga, estudiante china en España, nos dijo que para ellos, en secundaria, Cien años de soledad era lectura obligatoria.

* Catedrático de Historia