En efecto, no es la duda hamletiana del "ser o no ser" la que provoca, sino la aplastante contradicción de una Unión muy desunida. De ahí el frondoso jardín de impotencias que han creado los intentos de definirla. Se la ha clasificado como inclasificable, se la ve híbrido de Tratado internacional y Constitución, "mixtura de elementos federales y confederales", "criatura política en permanente estado nascendi ", cosa siempre haciéndose por la puerta de atrás, sin modelo ni diseño, de espaldas a los ciudadanos. Hasta que el gran europeo Jacques Delhors la definió como merece: OPNI (Objeto Político No Identificado).

Reina, además, en la "Unión" la falacia semántica, palabras falsas: un "Parlamento Europeo" que no legisla, caso único en la Historia; una "Democracia europea" inexistente, pues sólo hay democracias nacionales; una poderosa Comisión de Economía y Hacienda, el famoso Ecofin, compuesta por ministros de los Estados miembros; un Gobierno "europeo" que es una pequeña Dieta de representantes nombrados por los Estados, al estilo de la antiguas confederaciones medievales. Sólo el Tribunal Europeo de Justicia salva el honor de la "Unión" en su ámbito, siguiendo la jurisprudencia del Tribunal Supremo, de los verdaderos Estados Unidos.

Investigando la muy desunida Unión Europea, seguiré la regla que dice que, para descubrir la naturaleza de los grandes fenómenos políticos y detectar sus efectos, lo primero es desentrañar los orígenes de los mismos. Y tratándose en nuestro caso de los orígenes de los Estados Unidos de América, hay que resaltar que desde la independencia de éstos, sus orígenes son tan claros como permanentes y trascendentales para ellos y el mundo. En definitiva, se trata de una poderosa Federación de Estados formada mediante una potente Constitución, con la que abolió la esclavitud, desplegó el capitalismo y realizó una extraordinaria expansión continental e intercontinental.

El movimiento de los Estados Unidos, desde la aprobación de la Constitución Federal en 1787-1789, fue así flecha de costa a costa, Este a Oeste, con el indeclinable objetivo de dominar el Pacífico, entrar en y controlar Asia y desde ésta y América "estar en el mundo". Llevando a la práctica el pensamiento imperial de las élites americanas de finales del siglo XIX. Estos personajes lo dejaron escrito: "La potencia que mande en el Pacífico gobernará el mundo" (senador Beveridge). "Después de las eras mediterránea y atlántica, la del Pacífico está destinada a ser la más gloriosa" (diplomático J. Hay). "En el transcurso de los siglos futuros, las relaciones entre las dos riberas del Pacífico tendrán una influencia preponderante en el mundo" (T. Roosevelt, futuro Presidente). "Europa es un sistema en descomposición. Las tierras a orillas del Pacífico determinarán el curso de la historia en los próximos mil años" (General Douglas McArthur). Y según investigadores europeos: "Política internacional significa para los EEUU política del Pacífico" (Bienstock). "Regla de oro de los EEUU: interpretar las cuestiones mundiales a través de sus intereses en el Pacífico" (R. Guillien). "A diferencia de los problemas europeos, los del Pacífico afectan directamente a los EEUU" (A. Siegfried). "Si Europa desapareciera en una nueva Atlántida, podéis estar seguros de que para Norteamérica eso constituiría un alivio" (A. Siegfried, 1954).

En suma, el primer Estado federal de la historia fue una formidable herramienta constitucional protegida por un sistema judicial que hizo de la Constitución la primera ley suprema y hay una ínsita e indeclinable conjunción del primer federalismo con el imperialismo USA.

Llegados hasta aquí, parece evidente que construir un Estado federal europeo no estuvo en el origen ni fue causa de la construcción de lo que se llamó, tras el tratado de Maastricht, "Unión Europea". Lo que se quiso y se dio fue el confederalismo que abre el Tratado de Roma en el año 1957, entre los seis primeros Estados, los esenciales, Francia y Alemania, más el de Italia y los del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo).

Y la conclusión clave es que el confederalismo del Tratado de Roma fue ajeno a la idea de un Estado federal europeo. Explicándose lo extraño de que no haya ocurrido en Europa en 56 años --tras el Tratado confederal de Roma de 1957--, lo que en Norteamérica ocurrió en 7: el paso crucial de la Confederación al Estado federal. La explicación no puede ser otra que el origen y causa del confederalismo europeo, hoy de 27 Estados, fue y es ajeno a una construcción federal a la americana. En realidad fue el ajuste histórico de más de dos siglos de guerras, entre Francia, desde Luis XIV, y Prusia-Alemania-Austria. "Alemania quiso la unidad de Europa para arrancar de raíz sus demonios y exorcizar su futuro. Y Francia se hizo pro-europea para exorcizar su propio pasado de colaboración con el nazismo... Mitterrand aprende la lección de los padres fundadores de la Unión Europea: el imperativo franco-alemán" (J. Attalí). Robert Schuman, en su célebre Declaración de 9 de mayo de 1950, afirma: "El futuro exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe involucrar en primer lugar a ambas". Todo lo demás es secundario.

* Catedrático de Derecho

Constitucional jubilado