La cita es de Mario Pomilio y nos viene como anillo al dedo de la actualidad que llega de Roma: "Hoy hemos perdido el hábito del silencio, porque tenemos miedo de enfrentarnos a la verdad. Así no podemos crecer: estamos condenados a la mediocridad". He recordado la frase, contemplando la silueta y escuchando las palabras de Benedicto XVI: "A partir del uno de marzo, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria; aunque me retiro a rezar estaré siempre cerca de vosotros, pero estaré escondido para el mundo". Cuando se destruya su anillo se habrá destruido su relación con el mundo. No volverá a aparecer, ni a predicar. Permanecerá oculto para el mundo. En palabras del portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi: "Escribirá, estudiará... Hará lo que quiera hacer". El Papa se interna en el bosque del silencio, sabedor que sin ese baño de silencio, la verdad se ofusca y se disuelve, la conciencia queda sorda e inerte, el corazón pierde su latido de amor. "Sólo el silencio es grande --escribía el poeta del XIX Alfred de Vigny--; todo el resto es debilidad". Si rechazas detenerte por lo menos algún minuto cada día en ese oasis y te lanzas al estrépito de la ciudad, te acecha en el camino de tu vida el monstruo de la mediocridad, que no tiene nada de esa áurea mediocritas por la que suspiraba el poeta latino Horacio. Aquélla es gris, se entrega al mariposeo de las modas, teme la limpieza de la voluntad y del desfuerzo serio y exigente. Contra la mediocridad se dirigen las palabras de Cristo en el Apocalipsis , semejantes a una espada de dos filos: "¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero eres sólo tibio, ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca". Benedicto XVI inaugurará así, en el denso silencio de un convento de clausura, la nueva etapa de su vida, lejos de ruidos, de focos y de luces pero "a vuestro lado y vosotros al mío".

* Sacerdote y periodista