Acaso lo peor de nuestros males es que se nos conviertan en epidemia, es decir, que se extiendan y propaguen afectando a toda la sociedad. Así se nos presenta estos días el panorama en España: la corrupción se desborda y el mapa de casos políticos de uno u otro signo implicados se extiende a todos los rincones. La ciudadanía está perpleja y asiste cada jornada, desde su butaca, al esperpento de informativos en los que todos hacen declaración de intenciones, unos diciendo que hay que seguir investigando hasta el último rincón, mientras otros investigan hasta el último papel para hacerlo desaparecer. Ya hay quien llega a pensar si no está la corrupción en la base de la crisis que padecemos. Mikel Buesa sustenta esta opinión: "La corrupción afecta negativamente a la economía, distorsiona la asignación de recursos, crea buscadores de rentas que acaban despilfarrando el capital y genera una economía insuficiente. Esto, en la actual situación de crisis es especialmente negativo para todos los españoles". Pero, además, no podemos olvidarlo, hay un aspecto moral que debe destacarse: la corrupción destruye los fundamentos de la ciudadanía y de la solidaridad entre las personas, crea privilegios inmerecidos e incentiva las conductas delictivas y lesivas para el conjunto de la sociedad. Así, es comprensible que la corrupción en el ámbito político conduzca a muchas personas a descalificar, de una manera global, a los políticos y a sus actividades. No olvidemos que la mayoría de la gente busca en los políticos, para eso los elige, un referente confiable en el desarrollo de la sociedad, en la solución de sus problemas. Cuando ese referente se destruye por la corrupción, entonces, esas personas se quedan sin el apoyo que necesitaban para identificarse con el país o la sociedad en la que viven. Es normal que, en consecuencia, se extienda un estado de opinión muy negativo con la política. Urge, por tanto, dignificar la vida política, despojarla de vías de enriquecimiento y de excesiva ideologización. Y abrir un proceso de depuración que pase, no por más recortes, sino por más autocontrol. No es de recibo que este país, que durante largos años ha presumido de ser pobre, pero honrado, se vea atragantado por la corrupción. Y que vea a responsables políticos manteniendo las cosas, sin enmendarlas. Lamentablemente, en España la veracidad brilla por su ausencia en un porcentaje muy amplio de políticos y lo que sería peor es que los ciudadanos aceptaran que se mienta en política. Las horas difíciles no deben sobrecargarse con más sombras. Sobre todo, cuando son fácilmente eliminables. "La verdad, tarde o temprano, te pone a salvo".

* Sacerdote y periodista