Se había introducido sigilosamente en el cristalino. Taimadamente, como acordeón, se fue bebiendo el sodio de este receptáculo y alimentando de sus proteínas para luego excretar sus algodonosas heces en la cápsula. El cristalino, a modo de claustro materno, sirvió al visitante intruso para dejar nublados los ojos del huésped. Sin reposo ni pausa, a escondidas, cada día se iban acumulando sus excretas y dejando sin luz y sin colores a este pobre hombre.

El intruso ni es inicuo ni inocente; necesita el sodio del cristalino para vivir además de su triptófano. Deja al huésped ante un firmamento sin estrellas y el atardecer se asemeja a un borrón difuso de tinta negra. Sus gafas son artefactos inútiles desde que al cristalino llegara tan extraño visitante; los amaneceres dejaron de ser áulicos y los atardeceres no se mostraban rutilantemente dorados.

El huésped intentaba identificar al intruso que se había instalado en el cristalino sin la debida autorización previa. Desconocía si el visitante era una larva con capacidad de transformarse en ninfa o si era un ciego proturo, que necesitaba la luz y la humedad del cristalino, convertido en su guarida y cubil. ¿Era una larva contumaz insatisfecha hasta transformar en opacidad la transparencia?

El huésped, amo del cristalino, decidió no amedrentarse y se presentó ante el mago, que podía extraer aquella larva antes de que se convirtiera en ninfa y desecara el cristalino. Con humildad y sin altivez el portador de tan terrible enemigo se presentó en el centro oftalmológico en demanda de expulsión de tan dañino parásito. Los ojos del enfermo se desnudaron ante el médico, que entró en la intimidad de córnea e iris.

Desnudó aquellos ojos con delicadeza y sin alevosía mediante estructuras que escudriñan la retina y endotelios del enfermo. Se decidió a acabar con el asedio del proturo ciego que estaba dejando a oscuras al huésped. En escasos minutos extraería las nubes de algodón voluptuosas que anidaban y crecían dentro del ojo, como seres somnolientos y cegadores que secan la cápsula.

El oftalmólogo en quince minutos se empleó como sifonóforo, capaz de extraer las medusas del cristalino; con dos sifones y mediante pulsiones sónicas el médico tuvo la precisión extractiva que para sí quisiera el mejor de los lamelibranquios. Luego introdujo la lente como si fuese embióptero que desplegara en el espacio correspondiente. El huésped del proturo no sintió en su ojo nada absolutamente; sólo oía la voz amable y cariñosa del médico.

Los tiempos, preparatorio y postoperatorio, se extendieron más que el quirúrgico. La precisión y secuenciación de los procedimientos estaban milimetrados y ensamblados a la perfección. Es un milagro la sincronización de técnica, conocimiento y sabiduría. En el hospital oftalmológico no se olía a incienso pero se percibía sublimación de ciencia y técnica bajo la visión humana de la praxis.

Durante la extracción de la catarata el huésped del proturo experimentó un viaje sideral, excitante, entre el frescor colutorio, necesario para expulsar las algodonosas excretas, y la implantación de la nueva lente; todo ello bajo un firmamento de una rutilante estrella y una sinfonía de sónicas pulsiones, que buscaban adormilar y extraer al inoportuno y dañino visitante. Jamás se produjo vértigo en el ascenso sideral hacia la luz naciente de la nebulosa.

El hospital no era una colmena; en él reinaba el silencio, como si invitaran a la oración; no se percibía zumbido alguno, como se oye en otros hospitales. Se entra casi ciego y con gusarapos en los ojos y se sale de una organización que ofrece solvencia técnica y mucho afecto. En esta organización oftalmológica hay orden, que no es impuesto; disciplina nacida del conocimiento; y una devoción al servicio del enfermo.

Terminada la extracción de la catarata, le ofrecieron café y unas galletas. Estaba en pijama recuperándose del viaje sideral. El café sirvió de reconstituyente tras el largo ayuno. El estimulante fue símbolo de entrada en una nueva vida.

() Dedicado al Instituto de Oftalmología La Arruzafa y de modo especial al doctor Alberto Villarrubia.

José Javier Rodríguez Alcaide

Córdoba