Qué tal empezar a decir no? Acepto determinados ajustes para prevenir, y desterrar, comportamientos públicos indeseables, duplicidades antieconómicas y torpes trabas burocráticas, pero eso dista muchísimo de asumir la estafa piramidal contemporánea, basada en la falacia que la dirección europea quiere implantar: no es cierto que para salvar el Estado del bienestar deba acabarse antes con él; si lo terminan, no volverá. Antes de sufrir ese calvario, deberíamos reaccionar.

Uno. No es la economía la que define la política, sino al revés. La política económica no es economía política. Claro que en estos momentos tan acuciantes es exigible que esta parte de la gestión pública sea esencial, pero no es la única. La inversión pública no es gasto improductivo. La sociedad, y particularmente la juventud europea, precisan una inyección económica que la rescate del paulatino empobrecimiento de sus expectativas. Los fondos europeos del nuevo período que comienza en 2014 deben orientarse como un instrumento realista de inversión pública en infraestructuras sostenibles y soporte empresarial directo con el objetivo de crear empleo público y privado bajo dos premisas revisadas conforme a nuestra situación actual: incrementar exponencialmente su proporción del monto total presupuestario, hoy de poco más del 1%, y redefinir los objetivos comunitarios, de convergencia y competitividad, con respecto a la realidad económica de los países en 2012, para que respondan a nuestras necesidades ciertas.

Dos. Revertir las decisiones erróneas impuestas a las economías nacionales, que han provocado dos modelos: uno, que asume el diktat, y otro que postula cambios basados solo en la soberanía nacional. Nadie crece. El camino pasa por una cierta originalidad reparadora: recuperemos la inacabada integración económica, que debió ser completa y previa a la monetaria: armonización fiscal, armonización de regulación laboral y empresarial y, con carácter imprescindible, armonización salarial: es decir, incremento del poder adquisitivo de la masa laboral europea. Esto no se hace en un día, pero sí con un plan, que bien puede convivir con el próximo período 2014-2020. Esa es la verdadera estrategia europea de competitividad: ciudadanos capaces de invertir porque tienen posibilidades económicas para hacerlo. No reclamo el milagro económico, exijo el esfuerzo económico compartido por los estados, los agentes, y la sociedad, por ese orden, escenario antónimo al de hoy.

Tres. Defensa de la moneda. En los mercados y en la política: el euro debe ser tan opinable en Bristol como el dólar en Portland. El opting out nos lastra: in or out . Mejor convencidos que vencidos.

Y cuatro. Democracia europea. Eje del poder al Parlamento y la Comisión, con extracción democrática, como verdadera unidad política en los campos donde competimos juntos: mercado interior, mercado exterior y seguridad común.

Europa es una encrucijada: o la hacemos más, o persiste su rapto. Si es así, que Zeus la embista. Pero, si la rescatamos del cautiverio, no demos los mortales su carne a los gusanos.

*Asesor jurídico