Los recuerdos de las víctimas de Hipercor (una acción terrorista perpetrada por ETA el 19 de junio de 1987, que consistió en la colocación de un potente explosivo en un centro comercial ubicado en Barcelona, que causó la muerte de 21 personas e hirió a 45. La organización terrorista explicó en un comunicado posterior que había avisado previamente de la colocación de la bomba y que la policía no desalojó el local) nos enfrentan a la realidad de los pocos años que han pasado desde que ETA perpetró su mayor ataque contra la sociedad española.

Y 25 años no es mucho tiempo porque, cuando se trata de abordar las consecuencias de la explosión de aquel coche bomba en el párking del centro comercial de la Meridiana barcelonesa, en las personas afectadas nunca han pasado suficientes años. Para ellas, además, la conducta generalizada de mirar hacia otro lado y la urgencia política de esos años de apuntalar la estructura del Estado democrático y tapar la hemorragia provocada por los etarras han significado ocupar un segundo plano que no se correspondía con el alcance de su sufrimiento.

Un cuarto de siglo después no existe una autocrítica profunda de los únicos culpables del atentado (un coche bomba cargado con 30 kilos de amonal y cien litros de gasolina por los miembros del Comando Barcelona , Josefa Ernaga, Domingo Troitiño y Rafael Caride Simón, que depositaron el explosivo en el maletero de un Ford Sierra en la popular Avenida Meridiana de Barcelona), ni ETA ha entregado las armas.

Aunque los cara a cara entre algunas víctimas y sus verdugos muestran que la paz y la reconciliación están más cerca que nunca. Y, en el tránsito, no hay que olvidar a las personas que sufrieron la violencia directa, a pesar de que no pueden ser ellas las que marquen la política de un país. Hipercor fue una desgracia. Pero también una catarsis en Cataluña, Euskadi y toda España. Sobre las cenizas de los almacenes se construyó el primer pacto antiterrorista de las fuerzas españolas, el de Madrid (1987), y tuvo lugar la decidida inflexión de la gran formación del nacionalismo vasco, el PNV, que condujo al acuerdo de Ajuria Enea (1988) y al cambio de la lucha contra la banda terrorista. Las réplicas se dejaron sentir en el mundo aberzale y entre los catalanes que, días antes, habían dado 40.000 votos al candidato de Herri Batasuna al Parlamento Europeo.

Como se demostró entonces, la unidad de las fuerzas políticas es imprescindible también ahora para culminar la nueva realidad vasca y española. Pero sin olvidar derribar las barreras burocráticas para compensar a las víctimas o adoptar medidas como devolver el voto a los que tuvieron que huir de la violencia de Euskadi. La historia debe incluir ya el relato de todos los protagonistas. La ONU garantizará los derechos humanos de las víctimas del terror.