Hay ciudades españolas que tienen su música --como Barcelona, Valencia, Santander, Granada, Silos-- y ciudades que tienen silencios, que son de agradecer, y ciudades que maltratan o revientan los tímpanos con estruendos y ruidos. En algunas de éstas, como la nuestra, hay oasis en los que tienen su momento de gloria el quejío inmenso de una soleá, por ejemplo.

Gozamos esos momentos con los quejíos --por mucho que se repitan las letras-- y con el compás y rasgueo de la guitarra, que de vez en cuando se levanta de su inclinación modesta de acompañante, y se convierte en toque de mucha importancia, amigo Vicente, sea en el Festival de la Guitarra, ya como solista con orquesta, ya sola ante el peligro.

¿Pero que pasa aquí con la música que no puedo llamar clásica, con un estreno absoluto de Tomás Marco próximo, ni culta porque en este país de mayoría inculta, el calificativo parece excluyente del pueblo llano?

Hace muchos años solo teníamos la banda municipal, obligada a competir en el templete de los jardines de La Victoria con el ruido del tráfico, o a seguir los siete días de Semana Santa tras el paso más antiguo de las procesiones, reiterando unas marchas que nos llegaron a hartar.

Lo que siguió está vivo en la memoria de la mayoría de los cordobeses de hoy: la banda empezó a incluir instrumentos de cuerda y a dar conciertos en recintos cerrados (Luis Bedmar batuta en mano); muchos, en el salón Liceo del Círculo de la Amistad, en el que también ponían muy buena música La Sociedad de Conciertos y las Juventudes Musicales. Pero todo para los abrigos de pieles y el "batallón de la cultura", así llamados los contados asiduos a los actos culturales, pero al margen del pueblo llano.

Cuando desde 1992 la Orquesta de Córdoba empezó a ser y crecer (Brouwer, Gloria Isabel Ramos, Sánchez Silva...) ya pasó a ser la ciudad ruidosa, que lo sigue siendo, una ciudad con buena música, ya no exclusiva para abrigos de pieles y exquisitos, es verdad que recorriendo un camino de penitencia, estrechado por los apremios económicos, desde la esplendidez de los solistas insignes y programas de mano y archivo muy completos a la estrechez de casi nadie por aquí y al programa en un simple señalador de libros.

Y lo malo es que tenemos galgos y podencos. La orquesta depende de un consorcio formado por la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de la ciudad, o sea PSOE y PP, mala sopa de letras. Garrotazo y tente tieso.

Por favor, no. Con la música, con la buena música que hemos llegado a tener en Córdoba, no. Han sido muchos años, muchas personas, muchos esfuerzos hasta llegar donde estamos. Se puede, y probablemente se debe o se tiene, que restringir, que ahorrar, que limitar. Lo que no se puede bajo ningún concepto es destruir... Porque ahora y aquí, en la buena música cordobesa, no cabe parar --lo que significaría diáspora-- y esperar tiempos mejores. Parar o estrechar demasiado las arterias por las que circulan los euros, implicaría dejar caer lo construido, arruinar lo tan laboriosamente levantado, pecado mortal que sería poco penado con una derrota electoral.

Por favor, galgos y podencos pónganse de acuerdo.

Es triste que se desdeñe o condene al olvido un proyecto tan interesante como el de Koolas, y es muy evidentemente que ni al cerebro de menos calibre se le puede ocurrir llevar la orquesta a la caja de zapatos del Parque Joyero.

Claro que no puede uno empeñarse en lo inasequible, pero claro también que no puede mandarse la Orquesta de Córdoba --que es una realidad aplastante, una de cuyas pruebas es la colección de sus grabaciones-- a un confinamiento aislado, lejano e incómodo.

Los cientos de melómanos que somos en esta ciudad ruidosa y tantas veces bárbara, no queremos que la orquesta quede sin un local bueno para ensayar y otro suficiente y próximo para acogernos en conciertos duplicados; que los malos tiempos pasarán, pero si decapitamos el buen nivel musical alcanzado, ya ni nuestros nietos podrían recuperarlo.

*Abogado y escritor