En la entrevista que Rosa Luque esparció en las páginas de este diario a Antonio Gala, como quien blande un mantel en mitad de un campo florido dispuesto a compartir una romántica merienda de palabras, no he podido evitar quedarme yo también embargado de primavera; aunque sea mirando tímidamente tan solemne encuentro detrás del árbol de esta columna. Y digo primavera, porque lo primero que florece, como una rosa, es la entradilla que Rosa cincela a golpe de poesía nueva. Allí, el alma de este Gala que la enfermedad ha investido con toda la grandeza de la fragilidad humana, es retratada con tanta fidelidad poética que supongo que cuando el escritor de La Pasión Turca se haya paseado por sus frases se habrá sentido tan desnudo como los amantes de dicha novela ante el drama de la vida y la muerte. Esta Rosa es así, poetisa y periodista, no sé si una cosa antes que la otra, pero lo que sí está claro --y aquí me declaro un admirador y seguidor suyo-- que lo segundo va tan cargado de lo primero que va derramándolo en esos escritos donde el periodismo y literatura son amantes. Por supuesto, la entrevista es para Gala, pero este parece en cada respuesta querer renegar del protagonismo y personalismo al que todos cuando estamos en la pujanza de la vida aspiramos y que al final de nuestros días entendemos que sólo ha sido la parte de un todo. Y es a ese todo al que cerca de la muerte aspiramos. Y a Gala se le nota mucho en sus respuestas, y eso que en ellas afirma que no cree que haya más allá, que "simplemente nos acabamos", pero con sus palabras, con su actitud ante la enfermedad y la muerte parece más que apagar, encender todas las luces que recorren ese túnel que une este mundo con el otro para cuando él haya de atravesarlo. Supongo que si Gala tuviera que elegir su última entrevista elegiría esta de Rosa: es la que más le acerca al Cielo.

* Publicista