No conozco más detalles que los aportados estos días por la prensa, pero han sido suficientes para que se me pongan los pelos de punta. Y es que, de nuevo, nuestras autoridades, incluso la ciudadanía (ésta, probablemente con la mejor de las intenciones), vuelven a confundir las cosas, haciendo un uso instrumentalizado del pasado que, en contra de los argumentos que expresan públicamente, no hace sino ir en contra de él, perjudicándolo. Hablo del anuncio reciente de que el próximo mes de junio el yacimiento de Cercadilla acogerá una representación teatral. Para ello, se habilitará un escenario sobre los restos, y una platea cuya capacidad de acogida ignoro por completo. Una locura en toda regla, a mi modesto entender; no ya sólo porque Córdoba cuente con un magnífico e infrautilizado teatro al aire libre (el de la Axerquía), que ocupa una de las laderas de la Corduba turdetana, sino porque Cercadilla ha sufrido lo indecible desde el punto de vista científico y patrimonial como para soportar ahora la presencia masiva de público, y convertirse de paso en lo que nunca fue. No entro en la polémica sobre su identificación o no con el palacio del emperador Maximiano. Al margen de ella, si de algo estamos seguros es de que jamás fue teatro, ni contó con uno entre sus instalaciones. Aun cuando parece que para los años en que se construye Cercadilla estaría ya en las últimas, el teatro de la colonia se localiza bajo el actual Museo Arqueológico Provincial, y además de ser uno de los más monumentales del Imperio, destaca por su perfecta adaptación a la orografía del terreno, en una solución que tiene mucho de viejas claves helenísticas y fue imagen cordubense de la grandeza de Roma.

Hay muchas ciudades griegas y romanas que acogen iniciativas de esta índole. Mérida, Segóbriga, Málaga o Sagunto (también, ocasionalmente Acinipo, Italica, Cartagena o Baelo Claudia), entre las españolas, y Siracusa, Orange, Augusta Raurica, Pompeya o Taormina, por sólo destacar algunas de entre las europeas, pueden permitírselo porque, habitadas o no, cuentan entre sus ruinas con magníficos ejemplos de este tipo de arquitectura, y no necesitan, en consecuencia, echar mano de la imaginación o forzar el uso de otros restos. En Córdoba, sin embargo, el teatro romano no ha podido ser recuperado, debido a su mal estado de conservación y a encontrarse bajo un palacio del siglo XVI declarado Bien de Interés Cultural. Son las ventajas y los inconvenientes de las ciudades históricas. Esto no evita que podamos, y debamos, aspirar a un festival internacional de teatro clásico. Jesús Peláez lleva muchos años fomentando el gusto por la literatura grecorromana entre profesores y alumnos de Enseñanzas Secundarias y Bachillerato, que representan con enorme solvencia obras de época, en intercambio con experiencias similares de otras ciudades con más tradición al respecto. Es una iniciativa que algunos (encabezados por el propio Jesús) soñamos desde hace tiempo con ampliar, convencidos de poder convertirla en uno de los escaparates culturales más importantes y definitorios de Córdoba (ya hablé del tema en un artículo anterior, en el que daba cuenta también de los dramaturgos romanos de origen vernáculo). Contamos para ello con el Teatro de la Axerquía, el Teatro Griego de Rabanales, e incluso algún teatro al aire libre de titularidad privada recientemente construido, cuyos propietarios, nos consta, lo cederían a la ciudad para estos usos. Todo inútil.

Como ante tantas otras ideas de interés, tantas iniciativas estériles, nuestras autoridades han permanecidas ciegas, sordas e impávidas, limitándose, en el mejor de los casos, a pervertir las propuestas originales hasta convertirlas en algo absolutamente contrario a su esencia, populista, frívolo y banal, que actúa en contra de lo que debería ser una educación en profundidad de la ciudadanía. Y es que, estoy seguro, la iniciativa teatral en Cercadilla tendrá una enorme repercusión en la prensa y conseguirá un lleno absoluto. Allí estará, en primera fila, la galería completa de nuestra clase política, y de pronto creeremos haber descubierto la pólvora para, al día siguiente, olvidar lo dicho, lo visto y quizás lo prometido, como tantas otras veces. Pero ¿habrá beneficiado en algo un acto así al conocimiento, la conservación o la gestión cotidiana de Cercadilla? ¿No sería mejor invertir esos recursos, rentabilizando lo poco que tenemos, en un plan integral de actuación sobre el yacimiento inmenso, complejísimo y universal que es la ciudad de Córdoba globalmente entendida? ¿No era llegada la hora de la austeridad? ¿Cómo, pues, entender que existan fondos para este tipo de cosas, y no los haya para investigación o promoción de empleo?

Si no fuera porque el asunto es muy serio, y afecta a uno de los ámbitos profesionales más castigados en Córdoba por la crisis, creería que estamos asistiendo al desarrollo de la mejor de las farsas. A sus actores, desde luego, no les faltan capacidades histriónicas.

* Catedrático de Arqueología