Como ha difundido una exposición celebrada en Madrid, el espíritu ejemplar de la Transición devino de la energía contenida en el deseo de reconciliarnos. Una determinación que, para no derruir la esperanza, dejó en manos de la Historia juzgar las crueldades de la guerra civil. Voluntad que, más de 40 años después, están desconociendo algunos politólogos, como ha denunciado el hispanista Payne, incesante pregonero de las virtudes que atesora un tiempo que ha resultado memorable por descabalgar los sectarismos que tanto abundaron en nuestro sinvivir político de los siglos XIX y XX. En los últimos años se está sometiendo a revisión crítica aquella época singular de la que, aún estando cercados por numerosas dificultades, salimos airosos pues la política supo traducir el interés general que existía por finiquitar el enfrentamiento de las dos Españas. Que eso, y no otra cosa, fue la Transición, aunque, a toro pasado, empiecen a oírse voces asegurando que se cerraron en falso las heridas porque no liquidamos la dictadura como hicieron, tiempo después, en los países del cono Sur de América. Una afirmación que parte de premisas comparativas radicalmente distintas. Nadie podrá entender en su justo consistir la Transición sin valorar un hecho imprescindible que no debe olvidarse: Franco, aunque su extinción fuera un lacerante suplicio, murió en la cama. A partir de esa realidad hay que juzgar el ánimo reconciliador de la Transición. Quien lo pase por alto equivocará sus deducciones, aunque el anhelo -eso es lo triste- haya durado, por diversos motivos, menos de lo deseable. Ciertamente, las enemistades públicas han perdido su antigua virulencia, pero si perdurara el estilo que adornó La Transición hoy tendríamos, desde el 20N, un gobierno de concentración nacional, que ni siquiera se ha intentado --¿cuándo, entonces?-- en una situación tan crucial.

* Escritor