Salvador de Bahía fue la primera capital de Brasil cuando era colonia portuguesa. Allí atracaban las naves atestadas de esclavos africanos y el recuerdo se mantiene hoy en los nombres en lengua yoruba que aparecen tanto sobre tenderetes de venta callejera, donde las bahianas se tocan la cabeza con un turbante blanco y se abomban en un taburete con la saya de volantes sobre sus amplias enaguas formando la estampa más típica de la ciudad, como en las quillas de las barcas bajo la protección de los orixás y que se mecen indolentes y burlonas en las tranquilas aguas de la playa de Porto da Barra.

El recuerdo de los descendientes del esclavo negro lo mismo está en el andarrum de los tambores de la capoeira y en los trances de las filha-de-santo en los camdonblés que en la mirada lasciva de la mulata que te sonríe por dos dientes de oro. No menos se encuentra en las empedradas calles del Pelourinho donde dicen que en los días de castigo la sangre de los negros esclavos bajaba por la ladera formando una reguera. Aún no lo han olvidado y te lo cuentan como quien describe un monumento a la infamia colonial. No han olvidado que la capoeira ocultaba en la danza ejercicios marciales de ataque y defensa, ni que en los candomblés ligaban sus divinidades africanas a las católicas y lograban así la indulgencia de sus amos, que pensaban que el esclavo celebraba la fe cristiana según sus costumbre salvajes. Según el antropólogo Roger Bastide los camdoblés dos egun de Bahía, eran magia negra contra los blancos para enloquecerlos, matarlos y arruinarles sus plantaciones. Muchos de estos esclavistas morían envenenados por unas hierbas conocidas como para "amansar os senhores". En Salvador de Bahía nada es lo que parece y el peligro siempre está acechando por las nuevas estrategias de represión y de rebelión.

Así es que, hoy, la ciudad brasileña es una de las mayores ciudades publicitadas para atraer el turismo sexual y su carnaval es único y Patrimonio de la Humanidad, pero esta lucha histórica continúa. Cuando yo viví en esa ciudad, en 2008, se contabilizaban una media oficial de 11 homicidios diarios sin que la policía, en una ineficacia sospechosa, llegara a esclarecer más de un 20% de los casos. Por las noches, el noticiero se convertía en una película bélica en la que fuerzas gubernamentales andaban a tiros con elementos sediciosos por el control de las favelas. No era una persecución, sino un enfrentamiento con bajas por ambas partes. Diariamente. Era claramente una lucha de clases si no fuera más conveniente llamarla lucha contra el narcotráfico.

Esta guerra larvada dividió la población negra cuando llegó al poder Lula da Silva, que había creado ciertas esperanzas y mejoras. Entonces surgieron negros que llevaban camisetas con la lectura LULA 100% y correteaban por el malecón, desafiantes. En el decir de las gentes se entendía, porque en algo había que hornear el pan del hambre. Para hacernos una idea de lo que pasaba a escala nacional, podemos citar las palabras de Ignacio Ramonet, director del prestigioso Le Monde Diplomatique , quien escribe en el año 2000: "En Brasil uno de los países con mayores desigualdades del mundo... la guerra social alcanza proporciones tremendas. Sólo en la ciudad de Río, entre 1987 y 2000, murieron por herida de bala más menores de 18 años que en el conjunto de los conflictos de Colombia, Yugoslavia, Sierra Leona, Afganistán, Israel y Palestina... En esta guerra social Brasil consagra el 2% de su riqueza anual (PIB) a sus fuerzas armadas, y más del 10,6% a proteger a los ricos contra los pobres".

En el tiempo de mi estancia en Salvador de Bahía leí en la prensa casos de jóvenes tiroteados por la policía por robar artículos de primera necesidad en supermercados. Luego, resultaba que en el bolsillo del difunto se encontraba una foto del Che Guevara o algo así de revolucionario y peligroso y, en la noche, ponía la carne de gallina el tamborilero frenético de los rituales funerarios.

Los recientes sucesos en Bahía por la huelga de la policía indican que al menor vacío de poder, perdida en Dila Rousseff la esperanza creada por Lula, los negros descamisados de las favelas unen el recuerdo de la esclavitud a la miseria del presente y, con sus pañuelos anudados al estilo pirata, que los identifica y uniforma, se lanzan a las calles y carreteras, paran los coches, saquean, roban. La reacción para restablecer el orden es implacable y el ejército ha reemplazado a la policía y los muertos se cuentan por cientos.

Hay quienes dicen, cínicos, que era una oportunidad que había que aprovechar, que en Carnaval nada es lo que parece.

* Comentarista político