Uno de los aspectos, sin duda más espectaculares, del evangelio son los milagros de Jesús: enfermos que se curan, agua que se convierte en vino, tempestades que se calman, muertos que resucitan... La lista de milagros es larga y sorprendente. Y toda ella mantiene un denominador común de humanitarismo. Los milagros de Jesús no están enmarcados en un escenario de espectacularidad, de maravillosismo para producir el asombro. Todos ellos mantienen una constante, la de resolver problemas de los hombres y mujeres que él va encontrando al paso de su vida. Problemas físiológicos de los propios interesados (ciegos, cojos, paralíticos), problemas fisiológicos de seres queridos, sea la hija de la mujer libanesa, o el criado del centurión romano, problemas psicológicos como el de la viuda de Naín cuyo único hijo había fallecido.

Constan incluso ciertas declaraciones programáticas del mismo Jesús. Se niega expresamente a utilizar su poder taumaturgo para impresionar con la superioridad de sus poderes ocultos. Le pedían una señal en el cielo ... y comenzó a decir: "Esta generación es una generación malvada; busca una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás" (Lc 11 16 y 29), refiriéndose a su propia resurrección a los tres días de su muerte, como Jonás supuestamente había salido del vientre de la ballena después de tres días. Por el contrario sus milagros están integrados por él mismo en un programa de conjunto, en el cual incluye la liberación de los cautivos, la libertad de los oprimidos, el anuncio de un nuevo mensaje a los pobres, tal como se autodefinió en la sinagoga de su ciudad de origen, Nazaret (Lc 4 17-21).

Así, por ejemplo, un día "al ver que acudía mucha gente, dijo a Felipe, ¿con qué compraremos panes para que coman éstos?" (Jn 6 5); y a continuación dió de comer a todos, multiplicando el pan y el pescado. Evidentemente esta acción tuvo un claro sentido simbólico, con una referencia a la Eucaristía, referencia que subrayaría Jesús al día siguiente en la sinagoga de Cafarnaúm. Pero por ello no pierde la realidad de su propia consistencia, resolver el hambre de las multitudes. Es esta doble vertiente de los milagros evangélicos lo que queremos subrayar: su aspecto simbólico, que hace referencia al triunfo del Espíritu sobre la muerte y el Mal; y por otra parte, su consistencia misma: la liberación de los oprimidos y de los pobres de las duras circunstancias a que está sometida su existencia. No tienen nada que ver con otros relatos contemporáneos del helenismo y del judaísmo rabínico, orientados hacia la realización de prodigios maravillosos por algunos personajes destacados.

Y este doble aspecto de los milagros de Jesús está mutuamente relacionado. Los milagros de Jesús son signos de que El es el enviado del Padre. No tanto porque manifiestan un dominio de fuerzas ocultas y reservadas, cuanto porque son una expresión de la bondad de Dios con el hombre que sufre.

Las acciones individuales y colectivas, emprendidas desde una actitud solidaria con los marginados y excluidos, orientadas a eliminar las condiciones de injusticia en que nacen, viven y mueren tres cuartas partes de la humanidad, es la auténtica manera de reproducir en la sociedad actual la figura y el pensamiento de Jesús, quien pretendíó despertar la experiencia de que Dios es el Padre de todos los hombres.

Dice el evangelio que Jesús se lamentaba de ver a las masas humanas andando como ovejas sin pastor. Así andan los refugiados de Somalia y Sudán, los campesinos indígenas de Guatemala, los emigrantes de Rumanía, los marroquíes de la pateras, la población civil de Irak y Afganistán, los enfermos de sida, y los "sin techo". Mientras tanto los grandes poderes del mundo discuten la recapitaización de los Bancos, las inversiones de la empresas multinacionales, la garantía de su propia seguridad. Como dijo Jesús en cierta ocasión, esto conviene hacerlo, pero no olvidar lo otro.

Los creyentes, siendo realistas, no podemos contar con un espectacular milagro al nivel del planeta que termine con el hambre, los problemas de salud y de educación. Lo que sí podemos hacer es tomar posición, cargada de sentido simbólico, y con consistencia en sí misma, en una de las dos grandes líneas de pensamiento que se dibujan en la sociedad: elegir nuestro puesto en las iniciativas para asegurar el desarrollo de los que ya están desarrollados, o luchar por cerrar la sima que divide a los hombres, entre los que pueden gozar de la vida, y los que nacen para la miseria. H

* Profesor jesuita