La democracia tiene ritos que se van haciendo tópicos. El primero, los mítines: reuniones de ciudadanos con fines políticos, cuyo origen se encuentra --de ahí el nombre-- en el mundo anglosajón. Dichos mítines, en época de televisiones e internet, tienen sabor de antigualla, han perdido eficacia atractiva y sus mensajes, casi siempre tan falsos como milongas, son recibidos con escepticismo por quienes no son forofos del partido que los convoca. Otro rito es la pegada de carteles la noche que arranca la campaña electoral. Una teatralización pueril que ofrece a los candidatos, brocha en mano, fijando con engrudo anuncios en la pared elegida para retratarse.

El rito siguiente, si los aspirantes alcanzan el poder, es la metafórica levantada de alfombras, momento en el que se confiesa lo arduo que será cumplir lo prometido porque ignoraban la realidad oculta bajo las alfombras. Un maestro en este artístico menester es el frailuno ministro Montoro, que, siendo oposición, presumió de conocer al dedillo los números que ahora desconoce, acusando que eran peores de lo que el Gobierno reconocía. Concluidos dichos ritos, llega la hora de explayar el cinismo que, según el diccionario de María Moliner, "se aplica a la persona que comete actos vergonzosos, particularmente mentir sin ocultarse y sin sentir vergüenza por ello". De momento, lo más espectacular ha sido que, antes de que transcurran los 90 días de gracia expectante, han rebajado el IRPF para que las rentas del trabajo y los pequeños y medianos empresarios levanten cabeza, empiecen a crear empleos y no carguen --lo que sería injusto-- sus bolsillos con el peso de la crisis. Medidas, insertas en el programa electoral, que explican el abismo que separa a un gobierno serio de otro que se pasó la legislatura mintiendo o plegándose a los designios de la señora Merkel.

* Escritor