Seguramente, todos aquéllos que hayan visitado en estos días la exposición Romanorum Vita se habrán sentido igual de sorprendidos que yo: su ambientación y la puesta en escena son perfectas; las instalaciones, cuidadas hasta el más mínimo detalle, adecuadas tanto por sus dimensiones como por su organización; también la duración del recorrido --y la proporción de sus relaciones internas-- es la exacta.

Cabría censurar las largas colas, pero esto habla de su buena acogida entre el público.

Por regla general, la imagen que recibimos del mundo antiguo es tan límpida e idealizada como irreal. Valiéndonos del paralelismo con la escultura, en nuestra mente caracterizada por la solemnidad de su marmórea albura y en realidad policromada, la ciudad bullía con una frenética actividad --incluso nocturna-- que no solemos identificar, bien por contraponerlo al desordenado mundo islámico --concepción esta también a revisar--, bien por la quietud de los testimonios que la arqueología revela --enmudecidos por el paso del tiempo--, las recreaciones cinematográficas del péplum o, en definitiva, el sentido del mundo grecorromano que todos hemos interiorizado por unas razones u otras.

En cuanto se ocupa la angosta calle, tomando conciencia del verdadero carácter de la ciudad romana --con sus latrinae dando la bienvenida a mano derecha--, los esquemas preconcebidos se desmitifican y se vuelve a la realidad. A esta pseudo-realidad. Las someras explicaciones del guía se tornan, a la simulada caída de la noche, en una proyección sobre la misma fachada de la domus , interrelacionando continente y contenido: dando vida a la vida. Tras el vídeo nos sorprende la apertura de la domus , cuyo umbral recibe al visitante con un teselado HAVE. Situados en su eje central --no sólo físico--, comprendemos mejor la vida cotidiana del romano: sus relaciones, su día a día, su cultura...

Sin embargo, sería un error salir de Romanorum Vita sin reflexionar sobre las posibles carencias, omisiones, mejoras de una exposición magnífica per se . La primera cuestión debe cernirse a lo que se acaba de ver, oler, palpar... Obviamente no se dispone de tiempo suficiente para tratar la totalidad de dimensiones que Roma engloba. Aun así, la selección de la información es muy acertada, pues a pesar de hablar de aspectos bien distintos no pierde su enfoque. De hecho, las tres partes de que se compone el itinerario no dan la impresión de ser tales: el montaje de la secuencia conduce sin distracciones superfluas de principio a fin. No existe ningún elemento fuera de lugar, fuera del discurso expositivo y del mensaje que se quiere transmitir. Quizá el final --en torno al impluvium -- sea la parte menos cohesionada. En cualquier caso, los errores se compensan mediante la interacción con el público, sobre cuya actitud y su capacidad de advertir y aprehender recae toda responsabilidad.

En conclusión: el rigor histórico prima sobre la efectista parafernalia que lo rodea. Ahora es Córdoba, reflejo de Roma quien toma el relevo y continúa la labor de difusión, consolidando la dimensión social de la investigación arqueológica en Córdoba, que se revierte así, de la mejor forma, en la sociedad.

Pablo Allepuz García

Córdoba