De siempre me gustó visitar los cementerios, sobre todo en días de diario o después del día de los difuntos, cuando no hay bullicio, cuando el ruido son tus pisadas y a lo sumo leves murmullos de los cipreses si los mece el viento.

En los cementerios no huele a muerto, ni tienen la frialdad de los cadáveres tras el pavor del tránsito en sus lechos. Y en los andaluces es especialmente bello el arco iris de los blancos de sus tapias recortando el azul cobalto del cielo. La Sacramental no parece una estación termini, todo lo contrario, sugiere ser como una enorme sala de espera, como un grandioso hall por donde se pasa para entrar a un mundo de fábula; al espacio de la paz, al amor, a la inmensidad. Las lápidas labradas con tradicional y sencilla técnica elíptica y los epitafios cuajados de epanáforas los cincelaron sus deudos a sístoles del alma. Yo no voy al cementerio a visitar a mis familiares ni les llevo flores, con ellos me encuentro y los siento más en otros lugares y mis ofrendas consisten en seguir sus ejemplaridades. Yo voy al cementerio a meditar. A sentirme solidario en silencio.

No quiero que mis restos los tiren al mar; yo quiero un cementerio donde mi lápida dé testimonio de mi paso al otro lado, donde luzcan los tópicos más sentidos de mi gente. Los familiares entran llorando y salen consolados, deseosos de volver porque ese fue el punto de la despedida: allí está la raya que los separa y aproxima. Es igual que la viuda del marinero que salía todos los días al borde del acantilado a decir adiós hasta el momento en que dejaba de verlo y ahora sigue yendo a pesar del naufragio.

Este noviembre sigue una sepultura vacía, sin lápida. Es de Magda, que se propuso partir y no la dejamos. ¿Cuánta gente estará aquí sin deber estarlo y cuántas no están por hechos afortunados? Hace un tiempo recibí una apurada llamada de un recién licenciado. -Profesor, no sé qué hacer --me dijo-- me encuentro con una paciente de 23 años intoxicada. He intentado que vomite y no lo consigo; la ambulancia no llega, he cogido la caja de comprimidos que supuestamente puede haber tomado y no me parece que puedan ser responsables de este cuadro: se llaman Buflomedil.

El jefe del servicio de la UCI, Dr. Alvarez, la encontró muy mal. -Me dice el médico que la ha traído que tú le has dicho que la intoxicación puede ser por Buflomedil. Pero, ni existen antagonistas específicos, ni esta intoxicación está descrita. -Lo sé --le contesté-- pero podrías probar con-

Estuve charlando con él mientras Magda se iba recuperando espectacularmente, y me habló de las dificultades que tienen para identificar los tóxicos cuando son distintos a los descritos. -Para eso estamos los farmacólogos clínicos, le dije. Hicimos planes para trabajos futuros.

Me fui derecho a mi despacho de la facultad lleno de entusiasmo por haber ayudado a salvar a aquella muchacha, por poder proteger a la humanidad con nuestro descubrimiento, por mi orgullo de ser médico y me puse a escribir el caso. Ayudado por dos colaboradores, Lara y Torres, tuvimos en un tiempo récord el manuscrito ya traducido al inglés y en quince días salió a la luz : Buflomedil intoxicatión : the litle Known risk. Clin Toxicol 30(2):305-308, USA, 1992.

Este último verano, 19 años después, recibí un mail de la European Medicines Agency: se ha dictaminado que los beneficios esperados no superan los riesgos potenciales de Buflomedil. Por tanto, será retirado del comercio. En el copioso dossier presentado para tomar esa decisión figura su trabajo como la primera publicación que advirtió estos riesgos. Enhorabuena.

En España la prohibición de Buflomedil (Lofton) usado como vasodilatador periférico desde 1980 se hizo efectiva el 15 de julio último. Tres años han pasado desde que dejé el hospital Reina Sofía como jefe de servicio de Farmacología Clínica. Al ser profesor emérito la legislación vigente me habría permitido un año más de contrato y el rector no lo renovó, ni me sustituyó, probablemente para ahorrar para la gasolina del cochazo de alta gama y chófer que llevaba al vicerrector de Investigación desde la Facultad de Medicina hasta las Bodegas Campos de pachanga con la IX promoción médica.

Viendo hoy la tumba vacía de Magda pensé en la cantidad de personas que los intensivistas rescatan del mismo canto, línea donde se confunde el mar del cielo. En su homenaje quiero cincelar en esta lápida la comunicación donde, gracias a su colaboración, conseguimos iniciar el proceso para que ya el Buflomedil no pueda volver a matar a quienes padecen del mal de amores en el mundo entero.

*Catedrático emérito de Medicina. UCO