Calientes. Todos los seres insoportables saben que cierto triunfo radica, tan solo, en permanecer encima cuando baja el telón.

Difícil debe resultar para los gatos soportar el calor que desprende el tejado japonés, cargado de radioactividad suspendida en el aire que se respira, en los vegetales que ya no ocupan estanterías, en el agua que los niños no deben beber, en la leche que las vacas desearían hurtar a todos. Es complicado seguro que esos gatos mantengan el orden, paseando lentamente, sin perder la calma, tranquilos, a pesar de saberse sentados --aun cuando no padezcan en sus patas la quemazón del tejado-- en un polvorín energético, sobre una tierra que se mueve y un mar que se embravece. Más duro debe ser que los gatos comunes se sepan observados por los dominantes que se callan, que no hablan o que, cuando lo hacen, no dicen todo, convirtiendo la parte de verdad que cuentan en una descomunal mentira. Nuclearmente falsa.

No debe ser cómodo tampoco ser gato portugués. Cuatro vidas llevan gastadas en idénticos intentos por evitar que el país sea rescatado, sin saber muy bien de qué ni por qué. Han logrado transformar su asamblea en una inmensa superficie de zinc, tan caliente, tan al rojo vivo, que ha comenzado a fundir. Achicharrados llevan semanas en las calles, aguados algunos por impacientes, sorprendidos todos por lo inútil de travestirse. Unos gatos haciendo lo que las ratas, y las ratas afeando a los gatos dejarles paso franco. Estrellándose. Ni más vidas, ni más ganas de gastarlas, tienen.

Inquietos todos. Cambio de rumbo urgente. Inaplazable para ese mundo, casi siempre impasible, que reza a un dios vestido con chilaba, tan cercano a esta Europa tan vieja, tan lenta y tan torpe, enfrentado con el destino que los tiranos le reservaban. Primero, Túnez. Luego, Egipto. Libia, sangrando. Y queda Bahréin, y Yemen, y avergüenza Siria, y sonroja Arabia Saudí. Tarde, pero ha habido reacción. ¿No era eso lo que exigíamos? Lleva esta penitencia el pecado de la hipocresía occidental, tan preocupada de su interés, tan lejos de la justicia. Sin respuestas. Gatos blancos, gatos negros... ¿Lo que importa es cazar ratones? Demasiado simple. No es cuestión de valorar en exclusiva esa cualidad. Hay gatos que piensan, porque lo saben, que de lo que se trata es de añadir calidad a la cualidad. Porque si no, poco importa la diferencia. Deja de importar tanto que no se percibe. Y, lo que no se percibe, termina por olvidarse, por no existir. Y fin. Que valga para los gatos. Yo me reivindico humano. Después de todo, nunca me gustaron demasiado. Soy más de perros. Para colmar la impaciencia, no quedan ya en los tejados ni ojos color violeta. Invitación a una pausa corta; llamamiento a un recambio ágil.

* Asesor jurídico