En variadas y diferentes circunstancias, Jesús manifiesta el deseo, incluso da una orden expresa, de que no se divulguen actos suyos que darían lugar a que fuera reconocido como Mesías. Es un aspecto de la narración evangélica que se presta a interpretaciones subjetivas, pero que no podemos obviarlas, porque están ahí. Esta continuada actitud de Jesús es lo que ha venido a llamarse por los comentaristas el secreto mesiánico. El secreto mesiánico es típico del evangelio de Marcos. Después de curar a un leproso, "Jesús le despidió, ordenándole severamente: mira, no digas nada a nadie" (Mr 1 43-44). Después de curar numerosos enfermos, "él les mandaba enérgicamente que no lo descubrieran" (Mr 3 12). Después de la resurrección de la hija de Jairo, "les insistió en que nadie lo supiera" (Mr 5 43). Después de curar a un sordomudo, "Jesús les mandó que a nadie se lo contaran" (Mr 7 36). Cuando Pedro le dice que es el Cristo, la reacción de Jesús es la misma, "les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él" (Mr 8 30).

¿Cuál era la intención de Jesús al querer imponer un círculo de silencio en torno a su persona? Esta actitud entra en clara contradicción con la misión que encargará después de la resurrección: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda la creación" (Mr 16 15). La explicación de esta doble actitud no está expresamente consignada en el relato evangélico, la hemos de deducir de ciertas pistas indirectas.

El tema ha sido objeto de estudios específicos (Millete de Tillesse, Le secret messianique dans l´evangile de Marc , Paris, 1968). La opinión más generalizada apunta a las expectativas que los contemporáneos de Jesús tenían depositadas en el Mesías. Expectativas que no coincidían con la conciencia que el propio Jesús tenía de su misión. La divulgación anticipada de su fama y de su prestigio habrían de provocar una reacción popular, o de grupos minoritarios, que alterarían el curso de su vida. El proyecto de Jesús no coincidía con las expectativas mesiánicas de muchos de sus contemporáneos. La idea mesiánica de la generación contemporánea de Jesús estaba vinculada al triunfo político y social de la nación judía, que recuperaría el poder y la autonomía que tuvo en los antiguos tiempos de David. Este proyecto no tenía nada que ver con las intenciones de Jesús. Marcos, a través del secreto mesiánico, manifiesta la contradicción de estas dos concepciones. La gente y los mismos discípulos empujaban a Jesús hacia un mesianismo político. Pero Jesús lo rechaza netamente. Cuando Pedro le dice que no puede ser eso de que en Jerusalén Jesús sea apresado por sus adversarios, y ajusticiado, Jesús reacciona con severidad: "Pedro, piensas como los hombres, no como Dios". Transitoriamente, Jesús no quiere ser reconocido como el Mesías. Impide manifestarse antes de tiempo. El motivo es que tiene que obedecer antes que todo al plan de Dios. Marcos quiere dejar claro que en la obediencia de Jesús a la voluntad del Padre está implícita su libertad personal: Jesús padeció porque así lo quiso.

Por otra parte no podemos ignorar que las órdenes de silencio, dadas por Jesús, se sitúan siempre en condiciones imposibles de ser cumplidas. En ellas se transparenta la creencia del evangelista o de la comunidad primitiva de que la auténtica personalidad y proyecto de Jesús solo podían ser comprendidos después de su muerte y resurrección.

A lo largo de esta lectura de Marcos se pone de relieve la falsificación a que fue sometida la figura de Jesús por sus contemporáneos, y la falsificación a que ha sido sometida por las generaciones posteriores. Jesús no compartió nunca un mesianismo triunfante. Ni antes ni después de la resurrección. Por esto creo que ciertas manifestaciones, que intentan envolver en la gloria y en el éxito la figura de Cristo, no son coherentes con lo que era su idea de la evangelización del mundo: anunciar el evangelio a los pobres, proclamar la liberación de los cautivos, dar la vista a los ciegos, y la libertad a los oprimidos (Lc 4 17-19). Todo esto hecho desde la base, no desde el poder.

* Profesor jesuita