Los nuclearistas retoman la iniciativa pública cuando a los novísimos líderes neocon les pasan la siguiente receta: "El mito del calentamiento de la tierra está sirviendo de catalizador para el reagrupamiento de la izquierda en Occidente. Los verdes de hoy son los marxistas del siglo pasado. Hay que pararlos. La energía nuclear es nuestra aliada: no emite a la atmósfera ni un gramo de CO2". Es tras de esta consigna, que repiten como un mantra, cuando los lobbys nucleares sacan pecho y en poco tiempo cambian la línea editorial de los grandes medios del mundo. Convencer a la opinión pública de la bondad de esta energía (no contamina, es barata...) es cosa de (poco) tiempo. Y en esas estábamos, ultimando grandes proyectos nucleares en todo el mundo y arrinconando el florecer de las alternativas, cuando sucede la catástrofe de Japón. Un terremoto seguido de un tsunami ha desventrado varios reactores nucleares permitiendo que fluya a la atmósfera esa metralla invisible y ponzoñosa llamada radiación. Todo se mueve a golpe de televisión en directo y oleadas de twitter, pero paradógicamente todo parece como en suspenso, la alarma está contemida. Millones de horas de informativos y poco sabemos de lo que en verdad sucede. Algunos políticos alocados por sus urgencias avanzan decisiones que restringen lo nuclear y los verdes de la tierra solo alcanzan a contar: "Ya lo decía yo". Una vez más, qué suerte, el mañana está por hacerse. Ocurre, no obstante, que los nucleristas perderían demasiado si se apagan sus reactores. Todas las faes del mundo se afanan estos días en la elaboración de la nueva receta que las permita seguir dominando.

* Periodista