Aquella anécdota de Benedicto XVI nos viene hoy como anillo al dedo. La podemos recordar con sus propias palabras: "En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: "Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas". Yo sabía que esta "nueva Alemania" estaba llegando a su fin y que, después de las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al país, habría más que nunca necesidad de sacerdotes. Hoy la situación es completamente distinta. Pero también ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una profesión con futuro, sino que pertenece más bien al pasado". La anécdota se reviste de palpitante actualidad porque hoy celebramos la jornada eclesial del Día del Seminario, que, en palabras del Vaticano II, es el corazón de la diócesis. Aquellos seminaristas, los de sotana y beca azul por las calles de Córdoba, en los años 50 y 60, han dado paso a un puñado de jóvenes que, con gozo y libertad, han emprendido el camino hacia el servicio sacerdotal. El seminario menor, en su sede de Sansueña, y el seminario mayor, en el viejo caserón de San Pelagio, juntamente con el Redemptoris Mater-Nuestra Señora de la Fuensanta, representan un hermoso paisaje vocacional. Saber cuál es nuestra misión en la vida es la cuestión más importante que debemos plantearnos cada uno, y que podemos plantear a quienes queremos ayudar a vivir con acierto.

La vocación es el encuentro con la verdad sobre uno mismo. Un encuentro que proporciona una inspiración básica en la vida, de la que nace el compromiso, el cometido principal que cada persona tiene y que, quien es creyente, percibe como "los planes de Dios para él". La vocación incluye todo aquello que una persona se ve llamada a hacer, lo que da sentido a su vida. Bien saben los superiores y formadores del seminario --con su rector Antonio Prieto a la cabeza--, cómo han de modelar el perfil de los futuros sacerdotes.

Benedicto XVI, en su espléndida carta a los seminaristas, señalaba como valores y virtudes básicas: ser hombres de Dios, porque han de ser los mensajeros de Dios entre los hombres; personas humildes que han de aprender en el sacramento de la penitencia a mirarse con los ojos de Dios; saber apreciar la piedad popular, porque, a través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos; estudiar con tesón y madurar humanamente, consiguiendo un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma. Preciosos retos para hoy.

* Periodista