Aparte de tecnicismos jurídicos, todo el mundo sabe que robar significa quitar o tomar para sí algo ajeno, apropiarse de lo que no es suyo, y todo el mundo también entiende que el que roba es un ladrón. Pero estas dos palabras robar y ladrón son consideradas muy duras y deshonrosas en nuestras sociedad avanzada y, así, hemos ido descafeinando su significado, definiendo el mismo acto de apropiarse de lo ajeno con otras palabras que, poco a poco, han ido perdiendo el rechazo social y casi se han ido convirtiendo en expresión de comportamientos normales.

No es de extrañar, pues, que en varias encuestas nacionales sobre los problemas que preocupan a la gente, el problema de la corrupción o el robo en sus distintas formas, o no se mencionó o, si se hizo, apareció en último lugar, como lo que menos preocupa a los españoles. La corrupción ha dejado de ser un problema para la mayoría de los españoles, y estas distintas formas de robos se han ido disfrazando de una terminología que mucha gente ni siquiera entiende.

El Código Penal español dedica cuatro Títulos (XIII a XVI) y más de cien artículos, a tipificar conductas que en román palatino son simplemente robos y su ejecutor un puro ladrón: Delitos contra el patrimonio y contra el orden socioeconómico: hurto, extorsión, defraudación, usurpación, estafa, apropiación indebida, alteración de precios; Delitos contra la Hacienda pública y la Seguridad Social; Delitos contra los derechos de los trabajadores; Delitos relativos la ordenación del territorio y el urbanismo, la protección del patrimonio artístico y el medio ambiente, y, analizando su contenido, en todos estos comportamientos encontramos la misma conducta reprochable: la apropiación indebida de bienes ajenos, sean públicos o privados.

Es cierto en que la mayoría de los casos nuestros legisladores han puesto un límite mínimo en el valor de la apropiación para que esta sea tipificada como delito, pero no es menos cierto que el hecho de que el valor de lo robado sea inferior a este límite no hace que esta apropiación indebida sea menos inmoral, y que no pueda llamarse por su nombre, robo, y al sujeto que la realiza, ladrón.

En el lenguaje común la palabra ladrón se reserva casi siempre para los pequeños hurtos y robos. El que roba una gallina del corral ajeno, el que roba la radio del coche, el que roba un poco de cable de cobre, el que da un tirón al bolso de la señora, el que roba unos calcetines en los grandes almacenes, estos son, simplemente, ladrones, pero el que defrauda a Hacienda, el que no da de alta a la Seguridad Social a su trabajadores, el que soborna a un funcionario público para conseguir beneficios materiales que no le corresponden, el que con artificios y engaños consigue dinero o cosas de valor, el que se apunta al ERE de una empresa en la que nunca ha trabajado, a estos no se les llama ladrones, a estos casi se les admira por su ingenio y capacidad empresarial.

Si alguien nos propusiese abiertamente robar algo, lo rechazaríamos indignados, pero si se nos preguntase si queremos la factura "con o sin IVA" casi nos sentiremos agradecidos; si alguien nos invitase a crear una banda de malhechores para asaltar un banco, nos sentiríamos insultados, pero quizás no veríamos tan mal el crear una empresa sumergida que robase los impuestos a Hacienda y las cotizaciones a la Seguridad Social; si alguien nos propusiese traficar con joyas robadas, le volveríamos la espalda escandalizados, pero quizás no tendríamos dificultad en traficar con dinero negro fruto de manipulaciones fraudulentas de terrenos públicos o de la apropiación ilegal de los derechos de autor; jamás aceptaríamos falsificar documentos, pero quizás no tendríamos escrúpulos algunos en llevar una doble contabilidad. Otra palabra común muy dura que se ha cambiado por otra menos agresiva es la de sospechoso, ahora se habla de imputado, que no suena tan mal. Gramaticalmente es lo mismo decir que "Se sospecha que este conocido político es un ladrón que ha robado al Estado" o "se sospecha que este importante hombre de negocios es un ladrón que ha robado parte de las jubilaciones de sus trabajadores", que decir que uno "está imputado en un caso de malversación de fondos públicos" y el otro "está imputado en un caso de fraude a la Seguridad Social", pero aquellas afirmaciones suenan terrible, y pueden destruir el prestigio de la persona, mientras que estas, que muchos ni saben qué significan, son casi admitidas como normales. En nuestra sociedad el robo y la sospecha de robo, en todas sus variantes, si se les disfraza con las palabras adecuadas, no generan rechazo. Los ladrones, o los sospechosos de serlo, se pasean con la cabeza bien alta por los grandes salones, por los despachos de partidos políticos y empresas, por los plateaus de televisión; dan conferencias, participan en debates, escriben libros contando sus experiencias. Quizás en la tan debatida formación para la ciudadanía debería hacerse hincapié en dos cosas bien sencillas: llamar a las cosas por su nombre, para que desde joven se desarrolle un sentimiento de rechazo profundo a todos estos comportamientos inmorales, y, segundo, recordar a los alumnos que robar al Ayuntamiento, al Estado o a la UE es robarnos a todos nosotros, los ciudadanos, cuyo dinero estos organismos oficiales solo administran.

* Profesor