Creo que fue Séneca quien dejó escrito, entre otras muchas advertencias que hoy serían superventas convertidas en libros de autoayuda, que el hombre se curte en el crisol de las dificultades. Y como eso, que no deja de ser una obviedad, es una verdad como un templo y aquí ya se sabe que somos muy senequistas, pues así andamos, curtidos y encurtidos en el caldo ácido de las desdichas.

Llevábamos dos años sobrecogidos por una crisis que no es que nos haga apretarnos el cinturón sino que ya empieza a oprimirnos la garganta como soga al cuello, y ahora sabemos que está aún lejos de verse la luz al final del túnel.

El tijeretazo del Gobierno, que es como esos cementerios atómicos que todos creen necesarios pero nadie los quiere cerca, recorta sueldos a los funcionarios, márgenes inversores a los ayuntamientos y a todo el mundo la esperanza --que es lo último que se pierde-- en salir pronto del atolladero económico, lo cual deprime no sólo por la lógica de los números sino por el desaliento que éstos arrastran consigo.

Pero no vienen solas las desgracias, y aquí en Córdoba pasará mucho tiempo antes de que sane el desgarro de la intervención de Cajasur por el Banco de España, con las consecuencias que ello arrastrará para la capital y la provincia.

Por lo pronto, tras la batalla campal, habrá que hacer recuento de cadáveres y heridos, pues son numerosas las víctimas mortales y más aún los huérfanos que deja la caja desasistidos. Decenas, por no decir cientos --aunque la entidad ya se había hecho más selectiva últimamente-- de colectivos carentes del cielo protector de la Obra Social. Ni la feria, que sigue su curso como la vida misma, puede suavizar el duelo. Así que a curtirse toca.