Defender la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y la rutina. Ya casi nadie recuerda los versos de Benedetti con los que hace dos años ZP nos contagió el entusiasmo por un proyecto en el que creímos muchos progresistas. Nos convenció su compromiso social, su bienintencionada ingenuidad, sus deseos de profundizar en una democracia a la que empezaba a faltarle fuelle. Hoy poco o casi nada queda de esa alegría que nos permitió pensar que las ideologías no habían muerto. ZP se ha convertido en Zapatero y ha dejado al descubierto que en él habitan más debilidades que liderazgo, más discurso que convencimiento, menos hechos que palabras. Su empeño en negar la crisis, sus torpezas en la toma de decisiones y en la configuración de un equipo de gobierno compacto y eficaz, su incapacidad para ponerle el cascabel al gato han ido minando las esperanzas de los que un día creímos que bajo sus cejas residía una mentalidad de estadista. Es decir, de político capaz de mostrar lo mejor de sí cuando el viento no sopla a favor. Los hechos, por el contrario, nos han demostrado que el proyecto ZP solo tenía alas en pleno anticiclón. Cuando ha llegado la borrasca, las alas han empezado a derretirse como las de Icaro.

Defender la alegría como un principio, defenderla del pasmo y las pesadillas. Difícilmente podemos ahora defender la alegría cuando comprobamos que nuestro presidente ha traicionado los principales argumentos de su proyecto, sacrificando las políticas sociales y haciendo a los más débiles de la sociedad principales víctimas del sacrificio exigido por la crisis. Como funcionario que soy acepto mi cuota de solidaridad, pero me niego a aceptar que el gobierno socialista no haya tenido la valentía de hacer igualmente partícipes del descalabro a sus verdaderos causantes. Ha optado por la solución más inmediata, de manera tardía y sin el acompañamiento de otras medidas que nos permitieran constatar que existe un compromiso radical en salir del atolladero en el que nos han metido los mercaderes y un estilo de vida de "nuevos ricos" que tanto se fomentó desde el poder.

Defender la alegría como una certeza, defenderla del óxido y de la roña. No habría estado mal que Zapatero anunciara la eliminación de ministerios creados para amparar unas políticas que ahora no podrá realizar. Tampoco habría estado mal que tanto la Administración central como las autonómica y local redujeran el elevado número de asesores, consejeros y demás puestos ocupados por profesionales de la política que saben que la disciplina de partido es el pasaporte que los salva del desempleo. Todo ello por no contar con los esfuerzos que habría que hacer por racionalizar la estructura territorial del Estado, en la que por ejemplo habría que plantearse qué papel cumplen unas diputaciones que en muchos casos no son más que el refugio de la más mediocre clase política.

Defender la alegría como una bandera, defenderla de los ingenuos y de los canallas. Aunque, puestos a soñar, lo deseable habría sido que este Gobierno, y con él todo ese simulacro político que es la Unión Europea, hubiera exigido responsabilidades a las entidades financieras, hubiera hecho una reforma fiscal basada en la progresividad y por tanto centrada en los impuestos directos, hubiera reducido el apoyo económico a partidos, sindicatos e incluso a una Iglesia Católica que sigue beneficiándose de la confesionalidad encubierta del Estado. Todo ello acompañado de la regeneración de unos representantes a los que peligrosamente cada vez sentimos más lejanos de nuestras inquietudes. Solo de esa manera los funcionarios, y sobre todo los que un día nos dejamos seducir por ZP, habríamos aceptado de buena gana nuestra cuota de responsabilidad cívica. De momento lo único que sentimos es tristeza, una profunda tristeza, cuando comprobamos que apenas si queda vivo un verso de Benedetti y, lo que es peor, que carecemos de poeta para reemplazarlo.

* Director general de Cultura Vicerrectorado de Estudiantes y Cultura UCO