Gala, en la última Cata del Vino, nos apuntó, refiriéndose al Islam y a sus supuestas pretensiones codiciosas hacia Córdoba, que "quienes aman siempre desean poseer aunque sea el cadáver de quienes amaron". Además, añadió, según una advertencia reciente hecha por un mandatario islámico a él mismo, que quizá algún día nosotros o nuestros sucesores tengamos que defendernos de ese mismo Islam que nos codicia. Pues bien, no ha de ser este humilde plumilla que suscribe el que le enmiende la plana a esta nuestra ilustre pluma cordobesa, sino la evidencia. El Islam en Al-Andalus, y menos en Córdoba, no sólo no está muerto, sino que sigue vivo y coleando al menos culturalmente hablando. Por lo pronto, ahí está el parecido sociológico que el mismísimo Blas Infante nos atribuyó a los andaluces con los africanos y árabes, o su teoría de que el cante jondo es cante morisco fundido con el gitano. O la creación en Córdoba de la primera universidad islámica de Andalucía de la era moderna, la Universidad Islámica Internacional Averroes. O el gran número de musulmanes conversos de toda España que eligen el Albaicín granadino como residencia. O los innumerables actos que se suceden en toda Andalucía de apoyo al pueblo saharaui. O el creciente número de webs andaluzas que reivindican el Islam y el árabe como lengua co-oficial andaluza, llegando a ser ésta incluso en un futuro la segunda lengua extranjera en la ESO. Está claro que no es baladí el exitazo que tuvo el Manuscrito Carmesí de Gala sobre la vida de Boadbil. Por tanto, de cadáver nada. El único cadáver que alguien pudiera divisar en lontananza es el de nuestra cultura occidental y cristiana. Y claro, es lógico que el Islam, que entiende que sin Dios no hay Estado, quiera darle de nuevo a Dios lo que nosotros moralmente le estamos arrebatando.

*Publicista