Javier Arenas, vestido de fin de semana en el telediario, parece un yuppie al que, al terminar el hoyo 18, se le ha ocurrido enredar con las bajas pasiones de gente con la que jamás tomaría un café. En el aniversario de un crimen horrible, no hay nada más fácil que calentar a las víctimas contra los verdugos: se tira un globo sonda sobre la cadena perpetua, indicando que el debate "está en la calle" y a continuación María Dolores de Cospedal afirmará que el PP no tiene intención de introducir en su programa electoral esa reforma del Código Penal. Antes, Alicia Sánchez Camacho, desposeída de la herencia intelectual de Josep Piqué, repite como una poseída que en España "no cabemos todos". Una vela a Dios, y dos al diablo.

Ocurre que el PP no acaba de definir qué españoles pretende que le quieran; si uno escucha a Esperanza Aguirre, en jornada populista, se acuerda de las señoras de la CEDA cuando hacían caridad en los suburbios. Si el que sale a la palestra es Rodrigo Rato, el recuerdo es para los asesores de Reagan, y, si quien comparece, con cara de no haber roto un plato, es Ruiz-Gallardón, la ensoñación es el matrimonio de Sarkozy con Angela Merkel. Un mapamundi completo para ganar la Moncloa sin definir la hoja de ruta.

Mientras tanto, los motores se están calentando contra los inmigrantes; contra los menores que reinciden y reinciden, recordando que los debates los marca la calle con la cadena perpetua como señuelo y teniendo en la recámara que haya ocasión o necesidad de recurrir a la resurrección de la pena de muerte.

La duda, por ser optimistas, es si en esta ocasión los herederos de Gabriel Elorriaga buscarán otra vez la concentración exaltada de los más duros o se propondrán formulas de una derecha europea que hasta ahora, en España, es solo una ensoñación. Lo más probable es lo peor.

* Periodista