El domingo pasado escribimos sobre la dificultad que experimentábamos para saber qué era la "familia tradicional" --cuya extinción, según algunos profetas de la desgracia, está próxima en Europa--, pues una expresión tan opaca lo mismo puede referirse a la familia patriarcal, a la pequeñoburguesa, a la familia nacida del puritanismo victoriano --tan exportada desde el Reino Unido--, en la que --decía Disraeli--, las recién casadas, la noche nupcial, entornaban los ojos y se sacrificaban por la grandeza del Imperio Británico. En las antípodas de esa visión abstracta y catastrofista se encuentra el sociólogo francés Gilles Lipovestky, considerado "el intérprete extralúcido de nuestro tiempo" que, tras varios estudios rigurosos, ha observado que, pese a la crisis de la vida en pareja, en estos momentos, la familia, en sus diversas morfologías, es un valor en alza en varios países europeos, pues se trata de la única institución que es capaz de suscitar confianza en un mundo gobernado por las más variadas manipulaciones. La familia actual, según los penetrantes análisis de Lipovestky, es un espacio exclusivo, parecido a un remanso, a un refugio, a un lugar protector, en el que se templan, en cierto modo, los desasosiegos, los desengaños, las angustias, los desamparos...; en el que dejamos de sentirnos engañados o traicionados los habitantes de "la sociedad de la decepción", que ha llegado a la política, a la economía, a la educación, a la justicia, a las empresas e incluso a las religiones, al descubrir, tras la arriesgada operación de desmitificar el futuro, que la felicidad se ha convertido en una paradoja, el progreso en consumismo y la cultura en un producto intrascendente y contracultural sometido a las espirales del mercado. Entre tanto, "el valor de la familia está hoy en el primer puesto de las prioridades de los individuos".

* Escritor