A usted y a mí que estamos fiscalizados, hipotecados, censados, empadronados y hasta afiliados, y que inclusive por parar el coche para dejar a nuestros hijos en el colegio somos multados. Y que en definitiva pagamos hasta el último céntimo de lo que debemos en lo público y lo privado, porque para eso nos ganamos el pan con el sudor de nuestra frente como así refleja nuestra declaración de la renta, y que acatamos hasta la saciedad la reglas de juego establecidas para un estado de derecho; y que además con esta actitud y aptitud de acatamiento, respeto, solidaridad y cumplimiento vamos dando ejemplo a nuestros hijos para que ellos sigan haciendo lo mismo, nos cuesta aceptar, o mejor, sufrimos ciertas situaciones sangrantes que en nuestra sociedad se producen con tanta naturalidad y desde hace tanto tiempo que la paradoja se ha convertido en un obsceno monumento al despropósito y la injusticia. Por ejemplo, dígame usted a mí qué está pasando con la parte de nuestros impuestos que debería de evitar que clanes de individuos venidos de países del Este estén convirtiendo nuestra ciudad en la babilonia de la mafia de la mendicidad, porque -que nadie lo confunda- no son mendigos a secas, son estructuras perfectamente organizadas y especializadas en la práctica de la mendicidad infantil, la estafa y la pequeña delincuencia. Y le aseguro que no estoy ejerciendo de catastrofista, ahí están las hemerotecas y las denuncias policiales que van glosando en tomos sin término el sufrimiento de muchos ciudadanos que ven cómo sus agresores o transgresores de la ley vuelven a las mismas plazas y calles con bebés en ristre y, verbigracia, a los mismos aparcamientos públicos donde exigen al ama de casa que va al mercadillo el impuesto revolucionario. Mientras, en Gran Bretaña los repatrían. Y aquí, lo dicho: permisividad for ever .

* Publicista