No sé que le parecerá a usted, pero la Navidad, a medida que uno va cumpliendo años, se va convirtiendo en el decálogo de la infelicidad. La mayoría, durante estos días, permanecemos estoicamente tristes de tal manera que las ausencias y las heridas de la vida parecemos querer sufrirlas con más vehemencia y además ocultarlas hasta el hermetismo. Y no porque no queramos aguarles las fiestas a los que tenemos a nuestro lado, sino porque nos avergonzamos de ellas, o sentimos ese pudor desgraciado del que se sabe desheredo, abandonado o proscrito ante la felicidad fingida o artificiosa de los que se afanan en demostrarle a los demás que son felices según los cánones consumistas y materialistas al uso, o incluso por cumplir estrictamente con éstos. Y ya no digamos el día de Nochebuena. Entonces el dolor se exacerba de tal manera que esa noche no solo no es buena, sino que se torna aciaga y sombría hasta tal punto de abjurar de la Navidad, y no por lo que representa, sino porque llegamos a creer en nuestro delirio desconsolado que si hay algo que sobra en ella somos nosotros. Esto, querido lector/a, no es otra cosa que la urdimbre de la autodestrucción que muchos, sin pretenderlo, tejemos llevados por el impetuoso viento de estos tiempos deshumanizados. Y eso que bastantes de nosotros todas las navidades ponemos en casa un portal de Belén. Sin caer en la cuenta de que en su sentido teológico y humano están las claves de nuestra felicidad. Si no, por qué la precariedad, la incertidumbre y la fragilidad humanas quedaron transformadas aquella Nochebuena en esperanza, amor y humildad. Poner un portal de Belén no es una mera tradición, sino todo un acto de fe en aquello que nos libera de todo lo que nos conduce a creer peligrosamente que lo que sobra en Navidad somos nosotros mismos. Vinimos y nos vamos desnudos de este mundo. Tanto como hemos de sentirnos en Navidad.

* Publicista