Llegados estos días del invierno, el frío y el agua nos empujan al refugio del hogar, las noches largas nos invitan al calor de la casa. Antes que días de grandes proyectos exteriores, son días de repliegue interior, momentos en los que buscar fundamentalmente el apoyo de nuestro circulo más cercano. Con el cansancio acumulado de un año largo de vivencias, con el desgaste de una lucha desigual contra el tiempo, acorralados por mil urgencias y prisas que nos estresan a toque de reloj y de objetivos, con las heridas abiertas de la briega diaria y del cuerpo a cuerpo de la vida, es el momento de cargar las baterías, de los cuarteles de invierno.

Necesitamos, sobre todo, protegernos de las asperezas exteriores, saciarnos de la ternura que ponga bálsamo a nuestras cuitas y cicatrice esas llagas y magulladuras que van haciendo mella en nuestra existencia. Es el tiempo de la ternura, del reencuentro, sobre todo con nosotros mismos, con nuestros objetivos y espacios, vitales y propios. Lejos de titulares de prensa, de cumbres mundiales o de objetivos planetarios. Despojada la armadura que vestimos cada día, todos necesitamos del roce y del abrazo, de la palabra cálida, del gesto tierno, de la sinceridad de mirarnos en nuestro propio espejo vital, en el que redescubrir los proyectos que tanto nos ilusionaban, de reencontrarnos con los amigos que acompañaron tramos importantes de nuestra vida.

Llegadas estas fechas, el invierno y el fin de año, con las navidades como telón de fondo, se convierten en un oasis de nuevas esperanzas frente al erial desértico en que, para algunos, se convierte el camino. Es el momento de repensarnos, de poner por delante los deseos de felicidad compartida que por estos días nos llegan en cada saludo, en mil correos electrónicos o a vuelta de carta. Son esos los cimientos de una humanidad nueva que cree en el poder de la sonrisa, de la mano tendida, de las diferencias como fuente de riqueza.

Y comprobamos, un año más, que lo que aúna a los hombres es más fuerte que lo que los separa, que preferimos la esperanza a la sospecha, que nos duele la injusticia que sufren los demás, y que la mirada de un niño puede, todavía, desarmar nuestro corazón.

* Abogado