A millones de ciudadanos de la Unión Europea no nos cabe duda de que nos gustaría vivir en otra Europa, la Europa social, la de los ciudadanos y no la de los burócratas, pero, como ocurre con las familias, es esta la que tenemos. Europa ha sido construida paso a paso desde el posibilismo económico, desde las discrepancias nacionales, desde las discusiones sin un verdadero debate racional acerca de la esencia de Europa, de su presencia en el mundo, de su posibilidad como contraste histórico y político y como eje hegemónico de la que llamamos civilización occidental. Mucho tiempo perdido en la búsqueda de su vertebración, de su referencia identitaria como unidad de destino histórico. No es la Europa social ni la Europa cívica la que los diferentes tratados han logrado sino una vaporosa circunstancia como espacio político de libertad, paz y progreso en torno a la única seña de identidad artificial: la unidad monetaria. Con todos los ingredientes de ese modelo arbitrario ha llegado el momento de estabilizarla en un estatus político-económico que no ilusiona a ningún europeo. Y por eso se han puesto a unanimizar las discrepancias eligiendo para la dirección comunitaria a dos políticos de perfil muy bajo que no causen suspicacias. Un hombre y una mujer. Un demócrata cristiano y una laborista : el belga Herman van Rompuy y la inglesa Catherine Asthon. Uno y otra serán, desde ahora, la voz de Europa en el mundo. Dos funcionarios al frente del destino de un continente sin ilusionantes contenidos. El nuevo presidente estable de la Comunidad Europa ha declarado sus intenciones diciendo en su primera intervención: nuestra fuerza es la unidad y nuestra riqueza la diversidad. Tal vez sea para eso el personaje adecuado, ya que viene de presidir un Estado de la confusión como el belga, al que ha conseguido mantener unido pese a sus muchas discrepancias de origen, pese a sus múltiples divisiones y desafecciones. En un Estado de aluvión como el belga, tan disperso en sus orígenes como en sus estructuras, Herman van Rompuy ha conseguido el milagro de mantenerlo unido, por lo que parece ser un especialista en difíciles consensos e imposibles alianzas, precisamente lo que necesita un territorio de disensiones como la Comunidad Europea.

Los más optimistas han reaccionado a ese modelo de estabilidad que se pretende con los nuevos nombramientos, alegando que se ha dado un paso definitivo para la definitiva construcción de Europa como entidad supranacional. Los euroescépticos, entre los que me encuentro, piensan que Europa continuará siendo una ficción política mientras no tenga una constitución que integre los intereses nacionales y partidarios. Ese fue el utópico pensamiento de los precursores. Mientras no exista esa constitución única por encima de las fracciones y facciones que la integran, la mayoría de los ciudadanos de Europa la seguiremos contemplando como un destino obligado a donde se va sin saber de donde procedemos. Para las nuevas generaciones que han nacido en la Europa comunitaria quedará el reto de resolver de una vez por todas el modelo identitario por encima de todas las diferencias. Puede que se haya dado, al fin, el primer paso. La elección de los nuevos representantes ha estado fraguada en el consenso. Ellos deben ser los que aglutinen la confusa masa en una levadura del porvenir de una Europa no sólo consciente de su fuerza sino de la riqueza su diversidad histórica, en palabras del nuevo presidente. Porque el modelo actual no nos sirve. Sólo es percibido a través de la unidad monetaria y de las subvenciones económicas. Hace unos meses, con motivo de la últimas y anodinas elecciones europeas, yo escribí que Europa era como una nube a la que subir o de la que bajarse. Esa es la realidad que estamos percibiendo.

* Poeta