El periodismo es un oficio artesano lleno de sinsabores, pero tiene entre sus grandezas la de descubrirte constantemente mundos y personas. Todas te aportan algo, pero a unas las escuchas sin más, difundes luego lo que te dicen y a otra cosa; las hay que te resultan cargantes o perfectamente prescindibles y a otras las admiras incluso antes de conocerlas en persona. Logras, en fin, una agenda cargada de nombres y teléfonos, pero, tal vez por la dinámica de unas relaciones a veces salpicadas por recelos mutuos y siempre apresuradas, muy pocos amigos. A mí se me acaba de ir uno, y llevo su pérdida atravesada en la garganta. La prematura muerte a los 63 años del escritor pontanés Juan Campos Reina, cuando tanto tenía aún por contar y por arrancar a la vida, me crea un sentimiento de pérdida difícil de definir. Instalado en Málaga con su mujer y sus hijos desde hace décadas, no es que nos viéramos con frecuencia, ni siquiera que habláramos por teléfono a menudo. Pero aquel Gastby de sonrisa triste y melenita cana que, entre romántico y provocador, paseaba en verano trajeado de blanco y como salido de un bolero sabía atraparte desde la primera entrevista. Y es que, siendo un novelista grande, de barroco y personalísimo estilismo y cosecha no abundante pero sí de culto --es decir, muy reputado pero poco leído--, la mejor obra de Campos Reina fue él mismo.

De labia grácil, generoso con cualquier letraherido que se acercara a llorar sobre su hombro, amable y de gentilezas pasadas de moda que él empleaba adrede para esculpir su personaje, Juan Campos Reina se sabía un seductor. Y, como tal, jugaba a perdedor melancólico sin serlo. Hoy los perdedores somos los que le quisimos, mientras él pasea la eternidad por su desierto de seda.