La insólita capacidad del depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, para encadenar errores, después de tener a la comunidad internacional de su parte, convirtió, primero, la legítima oposición al golpe en un sainete y ahora va camino de desencadenar una tragedia nacional. Los heridos y detenidos ayer en dos bloqueos de carreteras montados por los partidarios de Zelaya hacen temer lo peor, mientras el presunto líder de los contestatarios del movimiento Frente de Resistencia contra el Golpe acampa junto a la frontera, en territorio nicaragüense, sin obtener mayores resultados. La verdad es que el momento dulce de Zelaya ya pasó y el acompañamiento que éste se ha buscado, mezcla de folclore y diplomacia chavista, no resiste el menor análisis. Ni la solidaridad de la OEA, ni el compromiso de EEUU con el orden constitucional, ni las gestiones del presidente de Costa Rica han dado otro fruto que una clara ventaja para Micheletti, que se afianza en el sillón presidencial. Porque las sanciones impuestas a los golpistas han tenido un efecto secundario y los despropósitos de Zelaya han desgastado su causa. Si alguna prueba hacía falta de que llevar razón no es suficiente, ahí están las declaraciones de la secretaria de Estado Hillary Clinton, que lamenta la tendencia de Zelaya a la gesticulación. Una forma apenas encubierta de advertir que la Administración de Obama está dispuesta a defender el principio de legalidad, pero no hasta el extremo de quedar atrapada en un conflicto cuya gestión escapa a todas las convenciones.