El problema que tienen las inversiones en infraestructuras es que todos sabemos muchísimo de obras. Por eso, cuando terminan, siempre hay críticas, aunque esté bien hecho el trabajo.

El problema que tienen las inversiones en cultura, sin embargo, es que nadie quiere reconocer que sabe poco. Por eso, cuando se realizan, apenas hay críticas, aunque hayan sido un palpable derroche de fondos públicos.

Haga el experimento: ponga el adjetivo "cultural" a cualquier proyecto que se le ocurra y verá como las críticas y reticencias se diluyen y su interlocutor pone cara de estar entendiendo lo que usted le cuenta. Nunca le dirá que ese proyecto nada tiene que ver con la cultura.

No vean en mis palabras una crítica velada a eventos como el Festival de la Guitarra o la Noche Blanca del Flamenco. Estas citas tienen también valores económicos, sociales y hasta psicológicos para la ciudad que, solo por sí mismos, ya justifican el esfuerzo. Pero no por ello "cultura", los que se dice "cultura", es todo.

Hace muchísimos años, Pepe García Marín, el del Caballo Rojo, tuvo el feliz acierto de compararme el buen jamón de Los Pedroches con el arte. "Si el jamón es bueno, aunque la gente no entienda, el plato se acaba... Pues con el arte pasa igual". ¡Olé!

Desde entonces aplico esa filosofía para determinar si estoy ante una joya para los sentidos y el espíritu o ante un timo rodeado de palabrería. Si es bueno, te gusta, te emociona, te hace pensar, te conmueve. El ser humano (y más el cordobés, quizás por sus genes) es culto por nacimiento y en su fuero interno sabe de arte.

Por eso, cuando presencie un acto cultural pagado con fondos públicos, sea exigente. Sea culto. No se conforme con cualquier jamón.