Dentro del delicioso sarcasmo que caracterizó la obra de Oscar Wilde, recurro hoy a ese inteligente vodevil que fue La importancia de llamarse Ernesto . Me quedo con ese título para enfatizar la relevancia de los nombres. El peso de la identidad de los sustantivos lo conocen bien los cardenales que se encierran en Cónclave en la Sixtina. El nombre que anuncia el protodiacono tras la fumata blanca ya insinúa la impronta del nuevo Pontífice. Asimismo, hubiera sido imposible que alguien apellidado Romanov ostentase la Presidencia del Soviet Supremo, como si la saga de Stalin recuperase la nomenclatura del zar de todas las Rusias. Y por supuesto, no es aventurado descartar a todos los que se llamen Hitler como futuros cancilleres alemanes.

Un indicio tan simple para creer en la santidad de Vicente Ferrer. Si hubiera sido incierta su humildad, se habría cambiado de nombre. Hay santos que se recrean en la insolencia de Dios, y ya hay un Vicente Ferrer en el santoral, el dominico patrón de la Comunidad Valenciana que fue literalmente un azote divino, pues los penitentes se flagelaban al escuchar sus prédicas. El hombre de Anantapur nunca ha consultado el dietario celestial para comprobar si su nombre ya estaba ocupado en los altares, ni ha querido hacer de San Pedro un Registrador Mercantil.

Pero, sin proponérselo, Vicente Ferrer es casi un palimpsesto, las mismas letras grafiadas varios siglos después para proponer otras maneras de realizar el bien. La década pasada fue Teresa de Calcuta y ahora el hombre que desde el pragmatismo creía poder vencer a la pobreza y a la mezquindad. La India huele a especias, pero en este mundo desnortado, también desprende olor a santidad.

* Abogado