No pude presenciar, el pasado domingo, el reestreno fulgurante de la iglesia de San Lorenzo, que por vecindad considero un poco mía desde que me recuerdo, pero gracias a las crónicas del acto me sentí una más de los muchos vecinos que asistieron entre curiosos y maravillados a la ceremonia reinaugural. Y a través de las precisas palabras de Antonio Gil , que además de haber sido subdirector de Diario CORDOBA es párroco del templo recuperado para el culto, me trasladé de corazón a esa bellísima iglesia fernandina, que aún lo es más tras una restauración concienzuda que ha descubierto tesoros ocultos. Sobre ella destacaba Antonio Gil en estas páginas que entre sus muros "se abrazan el culto y la cultura", la fe y el devenir histórico de esta capital de tan denso pasado.

Y es que la apertura de San Lorenzo, tras haber permanecido cerrada durante más de dos años, fue por supuesto una fiesta religiosa, subrayada por una solemne misa concelebrada que presidió el arzobispo de Sevilla y administrador apostólico de esta diócesis, Juan José Asenjo --cuya capacidad de multiplicación roza lo ubicuo--. Pero, además de eso, la inauguración de la iglesia tras las obras fue una cita social vivida como acontecimiento de la ciudad --lástima que sin la alcaldesa-- cuyos ecos se proyectarán más allá del barrio.

Aunque sin duda será éste el más beneficiado. El templo de frescos ahora relucientes ha sido reflejo del paso de siglos y corrientes artísticas. Es una joya singular y, por tanto, un reclamo turístico de primer nivel que, sumado al reciente lavado de cara del Realejo, el Plan de la Axerquía Norte y la prometida remodelación de la plaza Juan Bernier, deja la zona a pedir de boca. Porque lo espiritual no está reñido con lo práctico. Ora et labora.