El Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía ha adoptado una decisión sabia al nombrar hijo predilecto de Andalucía a un hombre sabio, el que es doctor honoris causa por la Universidad de Córdoba Juan Antonio Carrillo Salcedo . Sabio porque, aparte de ser la persona de mayor estatura intelectual y visión global que he conocido, se trata de alguien invariablemente caracterizado por su humildad, por su honradez, por su discreción, por su claro sentido de la dignidad personal, propia y ajena, por su respeto a los demás o por la expresión de gratitud que recibe el que algo le da, que a él siempre le parece mucho. Hecho a sí mismo, tras medio siglo de magisterio y ejemplo hoy recuerda muy a menudo las deudas contraídas con sus maestros que, según reconoce, "nunca podré pagar". "La ingratitud" --le decía don Quijote a Sancho -- "es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe".

Catedrático de universidad a los 28 años, este sevillano universal ha logrado como nadie transmitir la idea de la misión de transformación de la sociedad internacional que desempeña hoy un Derecho internacional al servicio de la paz, de la promoción y protección de los derechos humanos, del desarrollo integral de los pueblos y de la preservación del equilibrio ecológico del planeta. Su amplia y selecta obra científica no está, por tanto, desligada de ideologías. Carrillo propugna un Derecho internacional basado en los principios de equidad, de legitimidad y de comunidad internacional, este último frente a la exclusividad de la soberanía territorial de los estados.

El hijo predilecto de Andalucía nunca ha tenido carnet (o algo parecido) de un partido político, aunque se trata de una persona ideológicamente comprometida con lo que su corazón le dicte. El antiguo ministro de Asuntos Exteriores Marcelino Oreja Aguirre decía de él que lo que más le ha sorprendido de su buen amigo, más allá de su riqueza mental, buen criterio y erudición portentosa, es su fidelidad a unos principios y valores éticos y morales, que ha defendido siempre y en toda circunstancia por encima de cualquier conveniencia o interés personal.

Así, como magistrado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (donde aprendió que un juez solo debe hablar a través de la sentencia), el profesor Carrillo, haciendo valer la independencia de su cargo, no dudó en votar en contra de su propio país, España, cuando la interpretación y aplicación del Convenio de 1950 así se lo exigió. Como uno de los cinco sabios a los que se encomendó la tarea de investigar qué estaba fallando en la Comisión Europea a finales del pasado siglo XX, el profesor Carrillo redactó una conclusión que decía que una democracia exige transparencia y rendición de cuentas y que, sin ambas, corremos pronto el riesgo de convertirnos en una autocracia, cuando no en una dictadura, lo que provocó (aparte de la caída de la Comisión Santer) que un conocido político, cuyo nombre omito, le espetara: "Ustedes no son cinco sabios, el burro de mi pueblo es más sabio". Y, en fin, como prestigioso jurista, el que después fuera presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon , le pidió, a cambio de una excelente minuta, un dictamen para su bufete, que defendía los intereses en España de los hijos del dictador Trujillo , de la República Dominicana, a lo que el profesor Carrillo respondió, ante la mirada colérica de Nixon, que no podía aceptar su oferta porque tenía la convicción de que el legítimo dueño de las propiedades en litigio era el pueblo dominicano.

Esto último sucedió en 1965. Hombre de su tiempo, Juan Antonio Carrillo fue miembro del consejo de administración de aquel aliento que significó en la dictadura la revista Cuadernos para el Diálogo y, ya en la transición, tuvo un papel protagonista en la incorporación de España a la Europa de los valores democráticos y de los derechos humanos. Desde entonces, los derechos humanos se convirtieron en una de sus principales preocupaciones científicas, y hasta 1990, en el objetivo de su función judicial en Estrasburgo.

Hombre de ley y, al mismo tiempo, hombre de fe y esperanza; pero, sobre todo, como cree su también discípulo Alejandro Rodríguez Carrión , Juan Antonio Carrillo es un hombre bueno, un hombre que admira, precisamente, al Papa bueno, Juan XXIII , tanto por su humildad como por su utopía y preocupación por los débiles. Acogiéndose a unas palabras del Papa santo, Juan Antonio Carrillo ha expresado en alguna ocasión que "lo que sabe de su cortedad le basta para su propia confusión", pero con convicciones firmes e irrenunciables, como cuando afirma que cada ser humano, cada comunidad humana, tiene la obligación positiva de ser el guardián de su hermano en el mundo injusto, desbocado y convulso que nos ha tocado vivir.

No es un hecho frecuente que se distinga con honores como éste a personas que han preferido renunciar a la tentación de altas instancias internacionales y nacionales para dedicarse plenamente a su verdadera y más querida profesión, la universitaria. En esta ocasión ha ocurrido al ser nombrado profeta en su tierra un ser de una categoría intelectual y humana excepcional. Enhorabuena a la Junta de Andalucía por tan sabia decisión.

* Catedrático de Derecho Internacional y antiguo decano de la Facultad de Derecho de Córdoba