Emilio Gutiérrez era hasta hace dos días un ciudadano anónimo y de pronto se ha convertido en el vengador de la maza o el justiciero de Lazcao . Su mérito ha sido destrozar a mazazos una herrico taberna tras ver su casa destrozada por una bomba y al grito de "¡ojo por ojo!". Pero su actuación, que muchos podemos comprender y hasta disculpar, no es para concederle medallas ni para convertirlo en ejemplo. Si cada víctima de ETA hubiera cogido una maza, el País Vasco y quizá toda España viviría una terrible guerra civil.

Es cierto que, para su desgracia, "en el pecado lleva la penitencia", ya que este joven se ha puesto en el punto de mira de la banda terrorista que tiene coaccionada la libertad en Euskadi. Emilio se ha tenido que marchar de su pueblo y quizá no pueda volver. Enfrentarse públicamente a una banda mafiosa y asesina no le va a traer nada bueno. Y lo peor es que tampoco aporta nada a la lucha de los demócratas contra los violentos.

Quienes creemos que las ideas se defienden con palabras, y no con pistolas, no podemos caer en la tentación de justificar la ley del Talión. Esto no es el Oeste americano y nadie puede elogiar, aunque lo entienda, al que se toma la justicia por su mano. Porque entonces cada padre o madre que ha perdido un hijo a manos de un pederasta se liaría a mazazos contra el asesino (y sería hasta lógico, pero no admisible).

Lo siento por Emilio, por su casa y su vida destrozada, pero no debemos convertirle en un héroe porque haya sufrido un ataque de ira.