Pocas semanas presentan, a lo largo del año, tantos contrastes como esta que vivimos. Digna de una tesis de antropología, o mejor, de un estudio de diván sobre la paranoia colectiva o la doble personalidad social. Es la semana de carnaval y de finas ironías, de coros en la plaza, de cuartetos y coplillas que dan paso al penitenciágite de la misa y la ceniza, del retiro y el morado, de la cuaresma y la sacristía. Septenario del estruendo y la carne, de excesos impertinentes, de la mofa descarada frente al rictus arrepentido y el sobrio recogimiento, donde se entrecruzan por las calles disfraces y vía crucis como dos caras de la misma vida.

Jornadas de recuerdos golpistas, de tiros al hemiciclo que ponían en solfa esas autonomías recién nacidas, hoy vigorosas realidades que celebran elecciones libres, y jornadas conmemorativas. Semana de dimisiones sonadas por bravuconadas y cacerías, mientras el común de la gente anda pendiente de la Champion y la Liga. Marcha del ministro con pesar, mientras Solbes le envidia la ida.

Jornada mundial del teatro, en los Oscar de Hollywood con nuestra agraciada Pe , y en las mascaradas cotidianas del día a día. De horas amargas en las colas del paro, y en las letrillas de las comparsas alegrías. Periodo de cumbres mundiales, de Schidlers que configuran en sus listas a quienes salvarán de la cruel y lenta agonía.

Tiempo de la razón de Estado, en el que hemos pasado de la negación de la prisión de Guantánamo, como ejemplo que denigra los derechos en que hemos creído, a ofrecernos para acoger a sus presos aunque no sea por delitos en nuestro país. Paradojas que nos llevan, mientras expulsamos a unos extranjeros, acogemos a otros para que cumplan la pena.

Y sobre todo, semana imperturbable de procedimientos y denuncias, de corrupciones y corruptelas, agnósticas a todo principio, de espionajes en toda regla, de violaciones al ordenamiento, depravaciones que no dan tregua. Venga por fin el orden, la esperanza que nos queda, que baje el euríbor y engorde De la Vega .

*Abogado