Madrid siempre ha sido una caja de resonancias de todas las intrigas políticas que allí tienen su asiento. De raza le viene al galgo que, constantemente, se ha proclamado ombligo de las Españas, pues sus pobladores, apenas llegan a la capital, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se tornan los más sabihondos del reino y, en consecuencia, todo lo que fraguan tiene que ir a misa e impactar en la periferia. Nadie sabe de dónde nacen esas cualidades expansivas, sobredimensionadas. En alguna ocasión hemos conjeturado que ello se debe a respirar los aires del Guadarrama, beber las aguas del Lozoya y consumir inmensas cantidades de bocatas con calamares fritos; pero, vaya usted a saber si ahí está la razón de las alardeadas superioridades de los habitantes de la villa y corte que presumen de ir, directamente, de Madrid al cielo sin detenerse en el purgatorio. Los últimos días, con el embrollo de los espionajes y los navajazos populares, han logrado que la truculenta cuestión, mezcla de poder y dinero, se traslade a todo el partido conservador que se encuentra influido por los tejemanejes de la Comunidad madrileña, regida por una señora que allí arrasa, pero que en el resto de España se estrellaría, pues a numerosos militantes del PP les parece una individua autoritaria, aprendiz de Lady Macbeth , que prostituye la palabra liberal y que llegó al cargo después de un oscuro episodio de transfuguismo. Lo cierto es que, para bien entender cualquier situación política, debe distinguirse lo que ocurre en Madrid de lo que se cuece en otros lugares, aunque en este asunto Rajoy se halle cada vez más dubitativo y luciendo las galaicas ambivalencias que le impiden despegar.

Duplicidades que, desde el poder, pueden servir para afianzarlo, pero que resultan un lastre insalvable cuando se desea.

* Escritor