Opinión
Una ´perestroika´ del capitalismo
A finales de los 80, de la mano de Mijail Gorbachov , apareció la palabra perestroika como una filosofía de cambios para resolver los males de la economía de la URSS, que había entrado en una depresión sin esperanza. El comunismo confitado por el leninismo y el estalinismo se había quedado sin respuestas para los desafíos de la modernidad y de la sociedad. El Kremlin, que hasta entonces había estado siempre seguro de sus dogmas --la fe suele contradecir las evidencias--, comenzó a emitir señales de duda, para terminar proclamando que para abrir los caminos del futuro económico tenía que hacer una perestroika. La novedosa palabra inundó los medios de comunicación y se nos hizo muy familiar, aunque desconocíamos sus posibilidades de perturbación sobre un sistema tan cerrado como el soviético.
No solo las desconocíamos en Occidente: también en Moscú ignoraban adónde les iba a conducir esa palabra. Perestroika, en su traducción literal, significa reestructuración. Había que reestructurar toda la economía del país. Los ideólogos del Kremlin que asesoraban a Gorbachov y, por supuesto, el mismo Gorbachov estaban decididos a acometer esas reestructuraciones para preservar el sistema socialista. Había que relanzar la productividad, darle voz al mercado sin convertirlo en dios absoluto, atajar la corrupción, luchar contra el alcoholismo, que daba cifras alarmantes, crear canales de distribución más ágiles y, por supuesto, abrir moderadamente las puertas al capital privado y a la iniciativa privada.
Al lado de perestroika apareció otra palabra tan novedosa para nosotros como esta. Era glasnost, y, al tiempo que la aprendíamos, supimos que significaba trasparencia y llevaba aparejada una libertad hasta entonces absolutamente desconocida en la URSS. Suponía que los medios de comunicación podían informar libremente.
Estas dos palabras fueron los arietes que rompieron el bloque de cemento comunista. Con el sistema comunista saltó toda la articulación del Estado y se puso fin a una época de la historia. Las cuatro letras de la URSS se convirtieron en escombros y recuerdo. No todo fue positivo en el proceso, pero ese es otro análisis.
Cuando salió elegido Obama y el sistema financiero norteamericano y mundial se resquebrajaba por sus más brillantes costuras bancarias, dando origen a una de las mayores crisis del sistema capitalista que se recuerdan, Mijail Gorbachov manifestó que el futuro presidente tenía que hacer una perestroika, una reestructuración de todo el sistema capitalista y también una glasnost sobre los mercados. La glasnost significa en este caso clarificar lo que hasta ahora han sido los movimientos opacos del dinero que permitieron estafas como la de Madoff y los hundimientos de instituciones crediticias que se parecían más a casinos que a mercados solventes y serios.
Es necesaria una perestroika, pero no como la que se llevó a cabo en la URSS. Las circunstancias son diferentes, pero si Obama quiere seguir alimentando ilusiones tendrá que hacer muchas reestructuraciones. Entre ellas, cambiar el signo de los sentimientos. Los analistas han saludado el 2009 con enormes cargas de pesimismo al tiempo que saludan a Obama como una gran esperanza. Hay, en este caso, una cierta esquizofrenia por los sentimientos encontrados y contradictorios. Esperemos que se imponga el aire que viene de Obama.
Porque una cosa es cierta: la marcha de Bush deja un suspiro de alivio que se extiende por todo el mundo. La pesadilla ha pasado, pero ¿cuánto durarán sus efectos? El fracaso de las teorías neocon --un mercado sin reglas-- y sus prácticas sobre la economía han supuesto un desastre de consecuencias incalculables, que tardaremos mucho tiempo en medir.
Realmente, el paisaje exige muchas perestroikas. Muchos cambios estructurales. Respiramos una crisis financiera, una crisis económica, una crisis social, una crisis polí- tica y varias guerras que nos afectan y envenenan la convivencia, aparte de la brutalidad de la tragedia para quienes las padecen de una forma directa, para quienes ponen día a día los cadáveres. Parar las guerras y dar confianza para una recuperación de la economía mundial: en esos dos mandamientos se resume la esperanza en Obama. Esperamos de él lo imposible, porque los dos no se pueden cumplir, pero puede haber avances en las dos exigencias.
Los franceses tienen una expresión para definir el futuro que sonríe: hablan de las mañanas que cantan, pero todo canto demasiado intenso por la mañana termina en el desencanto de algunas tardes. La perestroika aquí no va a significar que estemos ante una etapa mundial posamericana. EEUU no se va a descomponer como ocurrió con la URSS. Pensar eso es un simplismo, pero lo que posiblemente tiene que cambiar es el modo de ejercer su liderazgo el mundo. No lo puede ejercer con los viejos modos imperiales de hiperpotencia, sino teniendo en cuenta las nuevas realidades de los países emergentes como China, Brasil, India, México y la Europa que se está conformando, muy lentamente, en el paisaje internacional. Obama representa el cambio, pero el mundo también está cambiando y los dos cambios tienen que ajustarse.
* Periodista
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