Varias películas han presentado ya a un grupo de adolescentes criminoides transformados en agradables ciudadanos gracias al poder de la música. Ideal que tiene su referente verdadero en la ya célebre orquesta venezolana dirigida por José Antonio Abreu y reclutada entre segmentos juveniles difíciles. No me parece a mí que sea el mejor camino para encomiar la música. Como aquellos científicos que exponían la eficacia de la música de Mozart para aumentar el ordeño de las vacas. No obstante, es un medio admirable para que la música deje de parecer un deporte de élite como el polo y se advierta lo que es en verdad: la más gloriosa fiesta del espíritu.

En nuestro país (el mayor productor europeo de ruido) este esfuerzo de la música por caer sim- pática ha de ser aplaudido. Se ha seguido el ejemplo de la orquesta venezolana y hay un puñado de grupos musicales, formados en su mayoría por inmigrantes.

En este país de sordos que gritan más que hablan, cualquier impulso a la música es un avance fundamental para la convivencia. Por esta razón me permito saludar a otros héroes, los que han lanzado una colección de música en la editorial Nortesur. Su primer libro, la biografía de Horowitz por Piero Rattalino , da idea de cómo era el mundo hacia 1960, cuando este inmenso pianista tenía casi 40 millones de oyentes en las radios de EEUU. Sus conciertos fueron el anticipo histórico de los Rolling , con miles de admiradores haciendo cola para conseguir entradas en el Carnegie Hall. Un matrimonio con la hija de Toscanini y una vida sexual secreta, pero conocida, le asemejan a otros rockeros. Conocer a uno de los más sutiles poetas del piano puede excitar la curiosidad de oírle. Sería óptimo: sus discos curan la sordera.

* Escritor