No creo que haya alguien a favor de que se interrumpan las películas de la tele con anuncios. Incluso la mejor filmografía nacional o extranjera resulta interminable e inaguantable con tanto corte publicitario. Fellini se negaba a que sus películas las emitiese la televisión italiana. Argumentaba que los cortes cercenaban abruptamente el relato visual y argumental. Por todo ello, no resulta extraño que la televisión pública francesa haya registrado unos índices de audiencia extraordinarios al suprimirse la publicidad a partir de las 20.00 horas. Esta decisión me retrotrae a 1976, cuando envié un informe a RTVE sobre el ejemplo alemán de televisión pública, sin apenas publicidad y, lógicamente, sin cortes publicitarios de las películas. ¿Y quién la financia? Pues muy sencillo. La mayor parte del presupuesto televisivo corre a cargo de los espectadores mediante el pago de un canon, unos 17 euros mensuales. El Estado aporta apenas el 5%. Y el resto, con la poca publicidad emitida, domingos y días festivos ninguna. "Los españoles no están habituados a pagar por ver la televisión", se me dijo con una visión alicorta del futuro audiovisual. Sin embargo, pagamos doblemente. En primer lugar, con las grandes aportaciones a cargo del presupuesto estatal o autonómico que se obtiene con nuestros impuestos. Y en segundo lugar, al comprar los productos que nos anuncian machaconamente. Pagar un canon resultaría más barato que la aparente gratuidad de las televisiones públicas, como expliqué en El País . Qué pena, ahora ya es tarde.

* Periodista