Quizá sea pedagógico explicar la capacidad de atracción de energía que posee un agujero negro acudiendo a la insaciable egolatría de Garzón , lo cual acentuará las voces críticas contra este remeneo del pasado. Pero ello no ha de llevarnos a conjuntar reconciliación y olvido, sino a ponerles nombres y apellidos a las víctimas de nuestra contienda.

Mi abuelo está en esa encrucijada. Miguel Ranchal Plazuelo combatió en la guerra de Marruecos, en esos blocaos de Xauen donde se abrazó al pacifismo tras ver morir a tantos compañeros. Secretario de las Minas de El Soldado y luego alcalde de Villanueva del Duque por el PSOE, cargo en los que continuaron los viajes a Madrid y París en esa lucha imposible por mantener en Los Pedroches la continuidad de tantos puestos de trabajo.

Renunció a ser diputado en las Cortes a favor del padre de Santiago Carrillo . Durante la guerra fue un anónimo protagonista de una pequeña lista de Schindler, abriéndole las puertas del cuartelillo a algunos potentados, para que no entrara a degüello el temible batallón de Jaén. La ingratitud fue el pago de los vencedores: la clemencia no le llegó al campo de concentración de Albatera ni a la cárcel de Barcelona.

Mi abuela conoció su muerte en una carta en la que se despedía de su familia hasta la Eternidad. Sin el permiso de Garzón y con la desidia del PSOE cordobés, mi padre se ha pateado los archivos nacionales intentando localizar sus restos.

Los ha encontrado, tras tener acceso a un sumario que rebosa cinismo. Mi padre se aferra a otra tradición, más calderoniana: no quiere tanto venerar los huesos de su progenitor, sino que le devuelvan el honor, que es patrimonio del alma.

* Abogado