La campaña electoral, protagonizada en exclusiva por las dos fuerzas mayoritarias, comenzó prácticamente al día siguiente de las elecciones del 14 de marzo del 2004. Estamos ante el ejemplo más acabado de una concepción de la política basada en la visualización mediática de las competiciones deportivas. La condición de ganador o perdedor prima sobre unos contenidos que a lo sumo se plasman en golpes de efecto, promesas de dádivas futuras y ofertas totalmente desconectadas de una secuencia lógica de programas, tiempos, ritmos, apoyos y valores que los sustentan y estructuran.

Izquierda o derecha son hoy en día palabras que no hacen referencia a corpus teóricos, ideológicos, axiológicos o a una praxis política sino que se circunscriben exclusivamente a los colectivos y grupos identificables por sus siglas. Se intenta mostrar al consumidor- elector las excelencias de los matices diferenciales en cada etiqueta pero sin entrar en los ejes que vertebran cada propuesta porque muchas veces son plenamente compartidos. Piénsese en la permanente rivalidad en torno a quien rebaja más los impuestos, en las dos guerras de agresión contra Iraq o la de Yugoslavia; sin olvidar tampoco los silencios respectivos ante las checas volantes de la CIA o la radicada en Guantánamo.

La política es básicamente una propuesta razonada y didácticamente expuesta. Necesita del tiempo suficiente para poder encadenar lógicas y desarrollos concordes con el fin y los objetivos que se proponen. La política es relación interactiva entre ciudadanos y proponentes. El discurso político bebe de la reflexión, la concreción, las prioridades programáticas y el compromiso mutuo entre electores y elegidos.

Una oferta política es una hipótesis de acción para afrontar no solo los problemas ciudadanos sino también las pautas de conducta, tanto en la Administración como en las consecuentes actividades sociales que le den ejemplaridad a la actividad política cotidiana. Eso o el espectáculo.