La pobreza es, paradójicamente, un tema navideño. Necesitamos el contraste del portal de Belén para que las fiestas transcurran como Dios manda. Porque si no hay pobres las conciencias con más escrúpulos no tendrían un motivo con que martirizarse --como desean, para hacer penitencia-- al menos durante una noche, el tiempo que dura un pobre sentado a su mesa. Al día siguiente, con la cantinela de que la carne es débil, la conciencia se relaja, le echará siete candados a su condescendencia y resolverá sus ataques de dudas con una confesión, un propósito de la enmienda y, ¡hala!, a los negocios, que es de lo que se vive. No sé si a los dirigentes del Instituto Nacional de Estadística (INE) se les habrá pegado algo de este "espíritu navideño" pero lo cierto es que ayer hicieron públicas las cifras de la pobreza en España. En Andalucía no salimos muy bien parados para afrontar el verano, pero barremos para Navidad: casi un 30 por ciento de andaluces viven por debajo del umbral de la pobreza, un filón suficiente para escoger con que lavar la conciencia el 24 de diciembre. Al Ayuntamiento de Córdoba también parece que se le ha permeabilizado el corazón y pedirá fondos europeos para ensayar un Plan Urban --como aquel que redimió en su día la calle Cardenal González-- en el barrio Guadalquivir, cerca de donde el aparataje electrónico se vende bajo el reclamo de "yo no soy tonto". Otra pobreza, más comunitaria que personal, es la que anoche airearon los vecinos de Los Pedroches, clamando por salir del olvido institucional que les ha impedido subirse al tren del progreso, que ahora se llama AVE. Dignificar el barrio del Guadalquivir y parar el tren en Los Pedroches sí que sería sentar a un pobre en la mesa de la Administración de forma indefinida.