Cuando todavía más catetos llegamos a Córdoba en los años en que la huida era casi necesaria para sobrevivir, abrirse camino o aprender que había vida detrás de aquellos horizontes que se abrían y cerraban con el sol, a los de pueblo casi nos daba vergüenza serlo. Porque los de la capital se encargaban, a todas horas, de recordarte tu condición de pueblerino con un orgullo de raza o especie que, a la larga --ahora que casi todos hablamos ese lenguaje políticamente correcto con falta de chispa--, se ha demostrado que era una insolidaridad manifiesta y un ejemplo de desigualdad. Pero eso fue solo al principio. Poco a poco los de pueblo celebramos las ventajas del descubrimiento de la doble nacionalidad, sobre todo a la hora de los puentes y vacaciones, que donde estaba el cuerpo estaba el peligro, en el que permanecían, sin opción, estudiantes y trabajadores de la capital. Luego vino la democracia, la autonomía, las protestas y los Fondos Feder y la vida en los pueblos subió enteros. Y eso sin tener en cuenta el medio ambiente, el cambio climático, la contaminación y el ecologismo. Los pueblos comenzaron a sacudirse el polvo sepia de la desidia y el abandono y empezaron a lucir el brillito de la igualdad. Y para colmo la comida de toda la vida pasó a llamarse gastronomía y las costumbres, casas y cachivaches de los abuelos, turismo rural. La prueba está estos días en la Diputación. La III Feria de los Municipios ofrece tanta meticulosidad, tanto esmero, tanta voluntad de redención que pasearse por sus estands es como perderse en un sueño de folletos, colores, sabores y ofrecimientos sinceros que en nada recuerdan aquellos años del desarrollismo cuando las telarañas ocuparon los vacíos de quienes emigraron a la ciudad. Una clase práctica de sociología.